—Ella se queda —repitió el guardia.
Santiago Moretti no me soltó. Yo tenía un brazo alrededor de su cuello y el otro extendido hacia el llavero rojo que colgaba del bolsillo del hombre.
Lo había visto antes de que comenzara el incendio.
A las nueve, mientras recogía copas vacías, pasé junto al cuarto de seguridad. La puerta estaba entreabierta. Aquel guardia salió de allí con el llavero en la mano y me pidió que volviera al salón.
No le di importancia. En una casa como aquella, todo el mundo parecía tener permiso para darme órdenes.
Ahora había humo detrás de nosotros y él impedía que saliéramos.
—Apártate, Bruno —dijo Santiago.
El guardia miró por encima de su hombro, hacia el corredor que llevaba a la cocina.
—Quedan invitados dentro. Debería ir a buscarlos.
—Ya vienen por la salida principal.
Bruno no se movió. Entonces escuchamos golpes al otro lado de la puerta exterior.
Santiago avanzó. Bruno trató de sujetarlo del brazo, pero resbaló sobre el suelo mojado por los rociadores del pasillo. Santiago empujó la puerta con el hombro y salimos a la lluvia.
Dos personas del equipo de seguridad corrieron hacia nosotros. Una me ayudó a sentarme bajo el techo de la entrada. La otra llevó a Bruno lejos de la puerta.
Desde allí vi a los últimos invitados atravesar el jardín. Algunos estaban descalzos. Una mujer se había envuelto en un mantel. Detrás de los ventanales, el humo volvía opaco el salón donde, una hora antes, yo había servido la cena.
Santiago se arrodilló delante de mí.
—¿Puedes mover el pie?
Lo intenté y solté un grito.
—No lo fuerces —dijo.
Tenía una quemadura pequeña en la mano. Miró mi tobillo, luego la puerta por la que acabábamos de salir.
—¿Por qué señalaste a Bruno?
Le conté lo del cuarto de seguridad. También recordé algo más: cuando crucé el corredor, él estaba hablando con un hombre que llevaba un abrigo gris. Pensé que era otro invitado. No le vi la cara, pero el abrigo tenía un desgarro cerca del puño.
Santiago escuchó sin interrumpirme. Después pidió a una de sus empleadas que transmitiera la descripción a los bomberos y a la policía que acababan de llegar.
Yo lo observé alejarse. Conocía su apellido. Todo el personal lo conocía. Durante la cena, los invitados habían bajado la voz cuando él entró en una habitación. Me había dicho a mí misma que trabajara, cobrara y no hiciera preguntas.
Sin embargo, allí estaba, sentado de nuevo a mi lado mientras un paramédico me examinaba el tobillo.
—Tienes que dejar que te atiendan la mano —le dije.
—Cuando terminen contigo.
Quise decirle que no hacía falta vigilarme. En cambio, me descubrí mirando la puerta cada pocos segundos.
Él siguió mi mirada.
—Ya estás fuera.
Asentí, aunque tardé un rato en creerlo.
El paramédico me puso una férula provisional. Estaba explicándome que necesitaba una radiografía cuando una mujer del equipo de Santiago llegó con la chaqueta mojada.
—Encontraron al hombre del abrigo gris —dijo—. Estaba junto a la verja de servicio.
Santiago se levantó.
—¿Tenía el puño roto?
—Sí.
La mujer miró hacia mí y añadió que la policía quería hablar conmigo cuando me encontrara mejor. Bruno había dicho que yo había entrado en el cuarto de seguridad y tocado los controles.
Sentí que se me cerraba la garganta.
—Ni siquiera crucé la puerta.
—Cuéntales exactamente lo que viste —dijo Santiago.
—Él trabaja para ti. Yo soy la camarera a la que acaba de acusar.
Santiago tardó un segundo en responder.
—Por eso deben escucharte con atención.
Más tarde, en el hospital, repetí mi relato a una agente. Describí el llavero, el abrigo y el momento en que vi a los dos hombres salir del cuarto. No intenté explicar cómo había empezado el fuego porque no lo sabía. La agente anotó mis palabras y me pidió que avisara si recordaba algo más.
Mi tobillo tenía una fractura pequeña. Me dieron instrucciones para cuidarlo y me dejaron marchar antes del amanecer.
Santiago esperaba en el vestíbulo, con la mano vendada.
—No tenías que quedarte —le dije.
—Lo sé.
Afuera seguía lloviendo. Me ofreció llevarme a casa y acepté. En el automóvil hablamos poco. Cuando llegamos, vio las escaleras de mi edificio y llamó al conductor para que me ayudara a subirlas. Yo protesté: llevaba horas oyendo a otras personas decidir lo que podía hacer con mi cuerpo.
Santiago se detuvo.
—Perdona —dijo—. ¿Cómo quieres hacerlo?
Le pedí que me pasara la muleta. Subí despacio, apoyándome en la barandilla. Él caminó a mi lado sin tocarme hasta que necesité ayuda en el último tramo. Entonces le ofrecí la mano.
Tres días después, la agente me llamó. Las cámaras de un corredor cercano habían registrado al hombre del abrigo gris entrando con Bruno al cuarto de seguridad. También estaban revisando lo sucedido con las alarmas y el inicio del incendio. Bruno ya no podía sostener que yo había entrado allí.
Colgué y me quedé un rato sentada con el teléfono en la mano. La casa de Santiago estaba dañada y varias personas habían resultado heridas. La investigación continuaría. Yo solo había visto un llavero, una puerta y un abrigo. Aquella noche, mientras todos corrían, tuve miedo de que nadie creyera siquiera eso.
Una semana después regresé al trabajo con la férula. Mi encargada me asignó tareas que podía hacer sentada. Sobre mi casillero había una bolsa con unos zapatos nuevos; los míos se habían perdido durante la evacuación. No había ninguna nota. Pregunté quién los había dejado y me dijeron que Santiago había pedido reponer el uniforme y las pertenencias dañadas de todo el personal.
Al salir, lo encontré hablando con la encargada en el pasillo. Llevaba todavía una venda estrecha en la mano.
—Me alegra que puedas caminar —dijo.
—Todavía voy despacio.
—Yo también.
Miré su mano y los dos sonreímos apenas.
Quería agradecerle que hubiera vuelto por mí. Las palabras me costaron más de lo esperado.
—Cuando te dije que me dejaras, estaba convencida de que lo harías —admití.
Santiago no respondió enseguida.
—Te oí —dijo—. También vi que no podías apoyar el pie.
Recordé el peso de sus brazos al levantarme, el humo y mi vergüenza al decirle que era demasiado pesada. Había tenido miedo de la viga, del fuego y de que él decidiera que cargar conmigo era demasiado difícil.
—Gracias por sacarme —dije.
—Gracias por decir lo que viste.
Nos despedimos allí mismo. Al llegar a la puerta, volví la cabeza. Santiago seguía en el pasillo, hablando con la encargada sobre los turnos del personal mientras reparaban la casa.
Afuera no llovía. Bajé los escalones con cuidado, uno por uno, llevando mis zapatos nuevos en la mano.
