Marcos no apartaba los ojos de la pantalla. —¿Qué significa ochenta y seis por ciento? Su madre, Carmen, miró de él a mí. —¿Ochenta y seis por ciento
Andrés no se movió. Verónica tampoco. El señor Salvatierra seguía de pie. Yo miré a Roberto. —¿Fundaste qué? Él volvió la cabeza hacia mí. Y de pronto su
Gabriel se quedó mirando la llave. No a mí. No los documentos. La llave. Y aquello me dijo inmediatamente que sabía perfectamente qué abría. Natalia entró detrás de
—Samuel murió hace seis años. Lo dije tan bajo que la doctora tuvo que acercarse para escucharme. El camionero detuvo la grabación. —¿Conoce a alguien con ese nombre?
Escuché los pasos de Adrián subir la escalera. No eran pasos normales. Eran rápidos. Directos. Como si acabara de darse cuenta de que algo se había salido de
Cuando la llamada se cortó, me quedé mirando el teléfono durante varios segundos. Volví a llamar. Marcos no respondió. Lo intenté otra vez. Nada. A la tercera llamada
La fotografía quedó boca arriba entre nosotros. Daniel seguía en el suelo. Julia estaba inmóvil junto a la puerta. Y yo no podía dejar de mirar aquella imagen.
El policía no me entregó la segunda hoja. Eso fue lo primero que me asustó. La sostuvo únicamente por una esquina, como si hubiera dejado de ser un
Tiene mi nombre. La fotografía empezó a temblar entre mis dedos. Clara me la quitó suavemente. —No la manipules más. El agente que había retirado la rejilla se
—Esta firma no es suya, ¿verdad? Miré el documento. Mi nombre aparecía al final. Laura Ortega. La forma general se parecía a mi firma. Pero yo sabía exactamente
