—Me dijiste que estaba muerta. Clara se quedó en la puerta del dormitorio. Mateo sostenía la fotografía con una mano y el teléfono con la otra. En
—Hola, Daniel. Soy tu tía. Daniel se sentó sin buscar una silla. Acabó en el borde de la mesa, todavía con la fotografía en la mano. —¿Inés? Al
La mujer de la pantalla levantó una mano. Adrián dejó caer el teléfono sobre la mesa. —No puede ser. Su padre lo sujetó antes de que golpeara el
¿Te preparo tu té? Su voz llegó desde la cocina con la misma suavidad de siempre. Yo seguía en el despacho. La carpeta estaba abierta sobre la mesa.
En la última línea del papel decía: «Todavía debes ciento ochenta. No se lo enseñes a mamá. Tiene suficientes preocupaciones». Lo leí tres veces. Alma estaba frente a
Adrián miró la fotografía y extendió la mano. —Dámela. Inés la apartó. La mujer que aparecía junto a su padre era Vera. La misma mujer que, menos de
La directora dio un paso hacia Clara. —Ven conmigo. No es el momento. Clara no se movió. Todavía tenía los dedos cerrados alrededor del botón. El hombre lo
Pregúntale también qué hizo con el dinero de mis pendientes. Mi madre permanecía junto a la puerta. Llevaba el abrigo sobre un brazo y una pequeña caja en
—Mi sobrina no murió. La voz de doña Aurora llenó el despacho. Era más débil que la que yo recordaba, pero tenía aquella misma manera de separar las
Sostenía la fotografía entre dos dedos, como si acabara de descubrir que pesaba demasiado. Era la misma imagen que llevaba mi hija. Cuatro hombres junto a una camioneta
