El perro no reaccionaba.
No ladraba.
No se movía.
Solo miraba.
Fijo.
Como si reconociera.
El hombre en la silla cambió de postura.
Apenas.
Pero suficiente.
Porque alguien lo notó.
El oficial tiró suavemente de la correa.
—Vamos.
Pero el perro no respondió.
Ni un centímetro.
El silencio creció.
Más pesado.
Más incómodo.
El juez levantó la mirada.
—¿Qué ocurre?
Pero nadie respondió.
Porque no había explicación.
El perro dio un paso.
Lento.
Sin agresividad.
Solo… seguro.
El hombre tragó saliva.
Por primera vez.
El tipo de gesto que no se puede fingir.
—Nunca hace esto —murmuró el oficial.
Pero ya no estaba tan seguro.
El perro se sentó.
Sin apartar la mirada.
Como si esperara.
Como si supiera.
Y en ese momento…
todo dejó de ser rutina.
