Patrick llevaba diez años trabajando en la policía. Era severo, sereno y recto. Creía en el orden y la ley, incluso cuando esto iba en contra de la compasión. «Si infringes la ley, respondes por ello», solía decir a sus compañeros.
Aquella noche patrullaban por el casco antiguo. En un callejón, detrás de los contenedores de basura, vieron a un vagabundo que rebuscaba en las cajas de una tienda.
«Oye, amigo», dijo Patrick, «¿qué estás haciendo ahí?».
El hombre se dio la vuelta. Tenía la cara curtida, los ojos turbios, la ropa vieja y las manos temblorosas.
—Solo busco algo para comer, señor —respondió en voz baja.
Patrick suspiró. Según las instrucciones, debía llevarlo a la comisaría. Le puso las esposas y lo sentó en el coche. El hombre no se resistió, solo apretaba con la mano un pequeño medallón que llevaba alrededor del cuello.
En la comisaría, mientras tramaban los papeles, el medallón se deslizó por debajo de la camisa. Patrick lo miró mecánicamente y se quedó paralizado. Dentro había una foto antigua. Una mujer. Sonriente, con ojos bondadosos. Su madre.
Agarró el medallón.
—¿De dónde lo has sacado?

El hombre se sintió desconcertado.
—Me lo dio ella. Hace muchos años. Cuando la ayudé con su coche. Me dijo que tenía un hijo policía y que yo le recordaba a él.
Patrick retrocedió, sintiendo un nudo en la garganta. Por un momento se sintió avergonzado de todo: del frío, de la indiferencia, de lo fácil que le resultaba juzgar a los demás.
Le quitó las esposas y le dijo en voz baja:
—Vamos. Te llevaré a cenar.
A veces lo más importante no es el orden, sino la humanidad.
