El 31 de octubre de 2005 nació Leonor, la primera hija de quienes entonces eran los príncipes de Asturias y una niña destinada desde la cuna a convertirse en reina de España. Apenas tres meses después, el 14 de enero, la Familia Real se reunió en el Palacio de la Zarzuela para celebrar su bautizo, una ceremonia cargada de simbolismo que utilizó aguas traídas del río Jordán y que dejó imágenes ya históricas.
La pequeña Leonor lucía el tradicional faldón de cristianar, una prenda con décadas de historia que había llevado el propio Juan Carlos I en su bautizo y que después vistieron sus hijos y nietos. Pero aquel día hubo otra protagonista indiscutible: reina Letizia, que apostó por un look tan sobrio como inolvidable y que, dos décadas después, sigue despertando admiración.

Para una cita invernal y solemne, Letizia eligió un tejido eterno. El tweed, popularizado hace más de un siglo por Coco Chanel, fue la base de un abrigo vestido que combinaba elegancia, calidez y discreción. La pieza, firmada por Felipe Varela, estaba pensada para realzar su silueta sin excesos: corte entallado, cuello de solapa, manga larga y falda lápiz a la altura de la rodilla.

El tejido crudo, salpicado de delicados hilos dorados, aportaba un brillo sutil que encajaba a la perfección con el carácter del acto. No era un diseño llamativo, pero sí profundamente refinado. Un ejemplo temprano de ese estilo atemporal que Letizia ha ido consolidando con los años y al que ha regresado una y otra vez en forma de chaquetas, faldas, tops o nuevos abrigo vestidos de tweed, siempre adaptados a las tendencias del momento.

Los complementos siguieron la misma línea de contención. La ahora Reina decidió no competir con la prenda principal y prescindió de joyas aparatosas. Solo llevó unos pendientes colgantes de brillantes y perlas australianas, un clásico de su joyero que aún hoy continúa utilizando en actos relevantes.

En los pies, se subió a unos zapatos de Manolo Blahnik, muy distintos a los modelos transparentes que hoy forman parte de su sello personal. En aquel momento, optó por un diseño de punta redondeada, forrado en raso color champán, perfectamente alineado con la estética de mediados de los años dos mil.

El look de belleza completó la imagen. Letizia llevaba entonces el cabello notablemente más rubio que ahora, suelto, con volumen y movimiento en las puntas. Un peinado sencillo, elegante y sorprendentemente actual que sigue repitiendo veinte años después, prueba de que algunas fórmulas no envejecen.
Desde su compromiso con Felipe VI, Letizia ha demostrado una clara inclinación por la elegancia clásica, especialmente en eventos llamados a quedar en la memoria colectiva. Revisar hoy las imágenes de aquel bautizo confirma que aquel estilismo ha superado el paso del tiempo con nota.
No sería extraño que algún día decidiera recuperarlo. Ya lo hizo en el pasado con otras prendas icónicas, como el inolvidable traje blanco de Armani que llevó en su pedida de mano. Veinte años después, aquel vestido de tweed sigue recordándonos que el verdadero estilo no entiende de modas pasajeras.
