El perro no ladró.
No tiró.
No hizo ruido.
Solo se quedó allí.
Junto al ataúd.
Inmóvil.
Como si esperara algo.
El oficial se acercó.
Confundido.
—Vamos —susurró.
Pero el animal no respondió.
Ni siquiera lo miró.
Sus ojos estaban fijos.
Como si reconociera.
Como si recordara.
El silencio se volvió más pesado.
Más profundo.
La gente dejó de respirar por un segundo.
Porque algo en la escena no encajaba.
El perro dio un paso más.
Y apoyó la cabeza.
Suavemente.
Contra la madera.
El gesto fue pequeño.
Pero suficiente.
—No puede ser… —murmuró alguien.
El oficial tragó saliva.
Porque lo entendió.
Antes que los demás.
Ese no era un comportamiento cualquiera.
Era despedida.
El perro no se movía.
No quería hacerlo.
Como si el tiempo se hubiera detenido.
Como si no aceptara lo que estaba frente a él.
El oficial cerró los ojos un segundo.
—Era su compañero… —dijo en voz baja.
Las palabras cayeron lento.
Pero claras.
Y en ese momento…
nadie dudó
de que aquello
no era un entrenamiento.
Era memoria.
