Enero se convirtió en un mes especialmente oscuro para la realeza europea. En apenas unos días, dos casas reales despidieron a figuras discretas, queridas y profundamente ligadas a la historia de sus familias. El fallecimiento de Irene de Grecia y de Désirée de Suecia dejó una sensación compartida de cierre de ciclo y marcó el inicio del año con un silencio difícil de llenar.
El 15 de enero, la familia real española comunicó la muerte de Irene de Grecia a los 83 años, en el Palacio de la Zarzuela. Hermana inseparable de Reina Sofía, Irene llevaba años alejada de la vida pública, afectada por un deterioro cognitivo que había ido avanzando con el tiempo. En sus últimos días, la reina Sofía canceló compromisos y permaneció a su lado, consciente de que se acercaba una despedida definitiva.

Menos de una semana después, este miércoles, la Casa Real sueca anunciaba otra pérdida: la princesa Désirée, hermana del rey Carlos Gustavo de Suecia, fallecía a los 87 años. Una noticia que supuso un golpe especialmente duro para el monarca, que afronta un año simbólico en su reinado, con su 80 cumpleaños en abril y la celebración de sus bodas de oro con la reina Silvia en junio. Un año que prometía celebraciones y que comenzó, sin embargo, teñido de tristeza.

La despedida de Irene de Grecia fue íntima y solemne. La capilla ardiente de la conocida como “tía Pecu” se instaló en la Zarzuela en un entorno estrictamente familiar.

Dos días después, el 17 de enero, el féretro fue trasladado a la Catedral Ortodoxa Griega de San Andrés y San Demetrio, en Madrid, para un responso. A la ceremonia acudieron Felipe VI, Reina Letizia, la princesa Leonor de Borbón y la infanta Sofía, además de las infantas Elena y Cristina y numerosos miembros de la realeza y la alta sociedad.

El adiós definitivo llegó el 19 de enero en Atenas. En la Catedral Metropolitana se celebró el funeral por Irene de Grecia, con la familia real helena prácticamente al completo. Las imágenes de una reina Sofía visiblemente rota dieron la vuelta al mundo.

Tras la ceremonia, el cortejo se trasladó al cementerio real de Tatoi, donde reposan Constantino II y otros miembros de la monarquía griega. Bajo un viento helado y temperaturas gélidas, los Reyes, sus hijas y los sobrinos de Irene la acompañaron hasta su descanso final. Sofía, aferrando la bandera griega que cubría el ataúd, rompió a llorar al despedirse de su hermana, su confidente y su mayor apoyo durante décadas.

Mientras tanto, en Suecia, la muerte de la princesa Désirée cerraba otra página importante. Figura discreta, alejada de polémicas y muy querida en el ámbito familiar, su pérdida se sumó a un contexto ya delicado para la Casa Real sueca. Un nuevo golpe en un inicio de año que nadie había imaginado así.
Dos despedidas en pocos días. Dos princesas que vivieron lejos del foco mediático, pero cuyo adiós ha resonado con fuerza. Enero deja claro que, incluso entre coronas y palacios, el tiempo no concede treguas.
