—¿Qué encontró? —pregunté.
Andrés no llegó a responder. Al otro lado de la puerta, alguien introdujo una llave en la cerradura.
Apagué la luz de la cocina y tiré de Andrés hacia el pasillo de servicio. Conocía aquel hotel desde niña. Mi padre me había enseñado dónde estaban las salidas cuando aún corría entre las mesas del restaurante.
Entramos en el cuarto de lavandería justo antes de que se abriera la puerta.
Oí la voz de mi hermano.
—Clara.
No contesté. Sus pasos recorrieron la cocina y se detuvieron junto a la mesa donde Andrés había dejado el plato.
Esperamos hasta que se alejó. Entonces Andrés abrió la mano. Sostenía una llave diminuta, con una cinta azul atada al aro.
—Encontré esto hace dos semanas —dijo—. Y sé qué abre.
Lo seguí hasta los antiguos casilleros del personal. Dentro de uno había una carpeta envuelta en plástico. Contenía copias de recibos de sueldo, extractos bancarios y cartas de empleados que habían reclamado cantidades faltantes.
—¿De dónde sacó todo esto?
—Mi compañera Julia empezó a reunirlo. La despidieron después de preguntar por su nómina. Me dejó la llave antes de irse.
Andrés había continuado la investigación, comparando lo que recibía cada trabajador con lo que figuraba en los registros. Me mostró decenas de diferencias. Llevaban años ocurriendo.
—¿Por qué no vino a verme? —pregunté.
—Julia lo intentó.
Sacó de la carpeta un sobre con mi nombre. Tenía el sello de recepción de mi oficina y una fecha de cuatro meses atrás. Yo nunca lo había visto.
Mi hermano, Gabriel, administraba tanto las nóminas del hotel como la fundación que llevaba el nombre de mi esposo. Después de enviudar, había aceptado su ayuda sin revisar cada documento que me ponía delante.
Había utilizado esa confianza para desviar parte de los salarios. El dinero entraba en la fundación, desde donde podía moverlo entre gastos y contratos que él mismo autorizaba.
La puerta de la lavandería se abrió.
Gabriel nos encontró frente al casillero.
—No entiendes cómo funciona esto —me dijo.
—Entiendo que Andrés cobró menos de lo que figura aquí.
Mi hermano miró la carpeta. Luego miró al hombre que estaba a mi lado.
—Le ofrecí dinero para que dejara de hacer preguntas —dijo Gabriel—. No quiso aceptarlo.
Andrés apretó la mandíbula.
—Quería que nos pagaran a todos.
Gabriel se volvió hacia mí. Dijo que el hotel atravesaba dificultades, que había movido fondos para mantenerlo abierto y que pensaba devolverlos. Me habló de préstamos, de proveedores, de todo lo que yo no había querido mirar desde la muerte de mi esposo.
Quizá esperaba que me sintiera culpable. Lo estaba. Había cenado con empresarios en aquel edificio mientras personas que trabajaban para mí se llevaban las sobras a escondidas. Pero mi ausencia no convertía su decisión en un favor.
—Las reclamaciones llegaron a mi oficina —dije, levantando el sobre—. Tú las ocultaste.
Gabriel no volvió a hablar de préstamos.
Andrés y yo salimos por el pasillo de servicio con la carpeta. Gabriel no intentó detenernos. A la mañana siguiente entregué los documentos a un abogado independiente y aparté a mi hermano de la administración mientras se investigaban las cuentas.
Pedí que contactaran a Julia y a cada trabajador afectado. Recuperar lo que les debíamos llevaría tiempo; explicarles cómo había ocurrido, también. Fui yo quien habló con ellos. Algunos aceptaron escucharme. Otros tenían razones de sobra para no hacerlo.
Una semana después, Andrés encontró sobre su mesa el primer pago de los salarios pendientes. No sonrió. Sacó del bolsillo el dibujo de su hija y lo alisó con cuidado.
—Con esto podremos reparar la ventana —dijo.
Quise preguntarle si necesitaba algo más, pero recordé cómo lo había encontrado en la cocina. Durante tres años había estado a pocos metros de mí. Había necesitado que yo viera un plato de sobras para preguntarle por su vida.
—Voy a seguir revisando las cuentas —le dije—. Y quiero que puedas decirme si falta algo sin temer por tu empleo.
Andrés guardó el dibujo. Asintió, aunque la confianza no podía volver con una sola conversación.
Aquella noche atravesé la cocina antes de marcharme. Las mesas estaban limpias y las luces seguían encendidas. Me quedé un momento allí, mirando la puerta por la que él había intentado esconderse. Al día siguiente volvería para hablar con los demás.
