¿Qué quieres decir con que me viste pidiendo ayuda?
Mi hija, Lucía, guardó silencio al otro lado del teléfono. Oí el tráfico detrás de su voz.
—Fui a tu casa anoche —dijo por fin—. Estabas en la ventana del salón. Golpeabas el cristal. Antes de que pudiera llegar a la puerta, Daniel cerró la cortina.
Miré al médico. Él había salido unos pasos para darme intimidad, pero permanecía cerca.
—Daniel dijo que habías dejado de llamarme porque estabas enfadada conmigo.
—Él me dijo que tú no querías verme.
Me senté. Durante seis meses, cada una había esperado una llamada que creía que la otra se negaba a hacer.
—¿Por qué fuiste anoche? —pregunté.
Lucía respiró hondo.
—Me llegó una carta supuestamente escrita por ti. Pedías que no asistiera a una reunión sobre la casa de la abuela. Pero la firma estaba mal. Tú nunca firmas así.
La casa de mi madre llevaba años a mi nombre. Estaba vacía desde su fallecimiento. Daniel insistía en venderla; yo le había dicho que necesitaba más tiempo.
El médico regresó a la mesa y me explicó lo que habían encontrado en la muestra: un sedante que no correspondía a ningún ingrediente de la sopa. No podía saber cuánto había ingerido ni durante cuánto tiempo. Me recomendó una evaluación médica y me preguntó si deseaba denunciarlo.
Volví a mirar mi teléfono. Daniel había enviado otro mensaje: «El abogado llegará a las ocho».
De pronto recordé algo.
Tres mañanas antes, había visto una carpeta abierta sobre la mesa del comedor. Daniel la cerró en cuanto entré. Dijo que eran papeles de la empresa.
—¿A qué hora cierra las cortinas? —me preguntó Lucía.
—A las 7:14.
—La cámara del vecino graba tu ventana —dijo—. Daniel lo sabe. Ayer fui a pedirle el video después de verte.
Había una razón para aquella hora. A las siete y cuarto, el vecino solía sacar a pasear a su perro y comprobaba la cámara del porche desde el móvil. Si las cortinas estaban abiertas, podía ver el salón iluminado desde la calle.
Lucía me envió un fragmento del video. Se veía mi silueta al otro lado del cristal. Levantaba una mano y golpeaba la ventana. Daniel aparecía detrás de mí, me sujetaba por los hombros y tiraba de la cortina.
No recordaba nada.
Durante un momento quise explicarlo de otra manera. Quizá había estado desorientada. Quizá él había intentado ayudarme.
Pero la sopa estaba allí, en el frasco, y el resultado delante de mí.
—No regreses sola —dijo Lucía.
Nos reunimos en un centro médico. Mientras esperaba la evaluación, Lucía me contó que había buscado durante meses una forma de hablar conmigo. Las llamadas a casa terminaban siempre en el buzón. Los mensajes enviados a mi teléfono no habían recibido respuesta. Me mostró varios. Yo nunca los había visto.
Daniel conocía mi clave.
Aquella tarde hablé con la policía. Les enseñé el resultado del laboratorio, el video y los mensajes. No tenía respuestas para todas sus preguntas. Tampoco podía contarles lo ocurrido durante las noches que no recordaba.
A las siete y media, Daniel volvió a llamar. Esta vez respondí con Lucía sentada a mi lado.
—¿Dónde estás? —preguntó.
—Con Lucía.
Hubo una pausa.
—Te dije que vendrían visitas.
—¿Qué quieren que firme?
No contestó enseguida.
—Estás confundida. Hablaremos cuando vuelvas.
Reconocí la frase. La había oído tantas veces que casi había aprendido a desconfiar de mis propios recuerdos.
—Esta vez hablaré delante de otras personas —dije.
Daniel colgó.
El abogado que esperaba en casa llegó después a la comisaría. Traía documentos para autorizar la venta de la casa de mi madre. Explicó que Daniel le había dicho que yo estaba enferma y que deseaba terminar el trámite cuanto antes. Cuando le enseñaron el video, retiró los papeles sin pedir mi firma.
Yo había imaginado, durante semanas, que tal vez Daniel quería hacerme daño para quedarse con la casa. La verdad era más lenta y más cruel: me estaba quitando la capacidad de decidir mientras convencía a otros de que ya no podía hacerlo.
No supe qué había hecho con aquellos documentos en las noches anteriores. Esa parte aún debía investigarse. Pero aquella noche nadie firmó por mí.
Pasé varios días con Lucía. Al principio me despertaba sobresaltada poco antes de las 7:14. Ella no me pedía que dejara de tener miedo. Encendía una lámpara, se sentaba conmigo y esperaba.
Una tarde llevamos dos tazas de té al salón. La luz del atardecer entraba por las ventanas.
—Puedes cerrar las cortinas si quieres —dijo.
Miré el reloj. Eran las 7:14.
Me levanté, caminé hasta la ventana y vi a mi hija reflejada en el cristal, todavía allí.
—Hoy las dejamos abiertas —respondí.
