Emma llevaba cinco años trabajando en la oficina. Era callada, puntual y discreta. Siempre llegaba antes que nadie, preparaba café y encendía los ordenadores mientras los demás aún estaban atrapados en los atascos. Su jefe, el señor Grayson, era un hombre severo, reservado y, al parecer, indiferente hacia los demás.
Ese día, inesperadamente, no acudió al trabajo. La secretaria dijo que «se encontraba mal». Emma se quedó de guardia para cerrar los documentos y enviar los informes. Cuando todos se marcharon, entró en el despacho del jefe para coger los papeles necesarios de la mesa.
En la estantería había carpetas cuidadosamente etiquetadas y en el cajón, un sobre. Blanco, sellado. Con su nombre escrito en él.
Emma se quedó paralizada. Su corazón comenzó a latir con fuerza. Miró a su alrededor, pero no había nadie. Abrió con cuidado el borde, sin romper el papel. Dentro había una carta.

«Emma, si estás leyendo esto, significa que no he tenido tiempo de decírtelo en persona. Tú eras la única persona que realmente me veía. No como jefe, ni como un número en el sistema. Gracias por ello».
Junto a la carta había una llave, pequeña, con una etiqueta en la que ponía: «Londres. Park Street, 12».
Al día siguiente, Emma se enteró de que el señor Grayson había fallecido esa noche de un ataque al corazón.
Se dirigió a la dirección indicada en la nota. Detrás de la puerta había una pequeña cafetería con un cartel en el escaparate que decía: «El lugar de Emma».
En ese momento comprendió que él había estado preparando un regalo para ella durante todo ese tiempo, sin que nadie lo supiera.
