Escribía a personas que nunca había conocido, pero aun así creía que algún día alguien le respondería

Era un día cálido, como si el verano no quisiera marcharse. El aire olía a polvo, sol y menta del jardín que había detrás de la valla. En el patio del orfanato susurraban las hojas, y bajo un viejo castaño estaba sentado un niño de unos ocho años.

Delante de él tenía un cuaderno rayado y un lápiz corto. Estaba escribiendo una carta. Con esmero, lentamente, inclinándose, como le habían enseñado en la escuela.

De vez en cuando levantaba la cabeza, miraba al cielo azul y parecía susurrar algo, como si comprobara si lo había escrito todo correctamente. Luego volvía a inclinarse sobre la página.

—¿A quién le escribes, Kirill? —le preguntó la educadora al pasar.

—A mis padres —respondió él sin levantar la vista.

Ella no dijo nada. Solo movió ligeramente los labios y siguió caminando. Kirill les escribía todos los domingos. Nunca se saltaba uno.

Cada carta contenía algo pequeño y real. Sobre un gatito que se había instalado debajo de la escalera. Sobre cómo se había hecho amigo de Serguéi y ahora no le daba miedo los exámenes. Sobre que pronto sería otoño y las hojas fuera de la ventana se habían vuelto doradas.

Metía la carta en un sobre y la firmaba cuidadosamente: «Para mamá y papá. Entregar en mano». Luego se dirigía a la verja, se ponía de puntillas y lo echaba en el buzón rojo.

El cartero ya conocía a ese niño. Nunca tiraba las cartas. Simplemente se las llevaba consigo, escondiéndolas en su bolsa entre los sobres reales. A veces los echaba en buzones de otras ciudades, como si ayudara al milagro a encontrar el camino.

Pasó el verano. Llegó el otoño. Los árboles estaban desnudos, el patio olía a lluvia y hierro, pero el niño seguía sentado bajo el castaño, escribiendo su carta.

Ese día añadió una línea: «Si alguna vez me encuentras, te reconoceré sin falta».

Cuando el viento se llevó el sobre y lo arrastró más allá de la verja, no corrió tras él, solo sonrió. Creía que no era solo el viento. Era una señal.

Pasaron las semanas. Las cartas se enviaban. No había respuestas.

Hasta que una mañana, la maestra entró en el patio. Llevaba un sobre en las manos, uno de verdad, con sello y remitente. En él ponía: «Para Kirill. De mamá y papá».

Ella se quedó de pie junto a la verja y lo miró. El niño estaba sentado en el banco, como siempre. Cuando vio la carta, sus ojos se hicieron tan grandes como el cielo después de una tormenta.

Se acercó y la cogió con manos temblorosas. Miró la inscripción durante mucho tiempo sin abrirla. Simplemente la sostenía. Como si al apretarla demasiado el milagro fuera a desaparecer.

De repente, oyó pasos detrás de él. Silenciosos, indecisos. Una voz femenina, cálida, frágil, viva.

—¿Kirill?

Se dio la vuelta. Había dos personas junto a la verja. La mujer lloraba y el hombre la sostenía por los hombros. No se movían, solo lo miraban.

El mundo a su alrededor se volvió silencioso. Incluso el viento dejó de mover las hojas. Solo un castaño dejó caer una rama, que cayó entre ellos.

Kirill dio un paso. Luego otro. Ellos se acercaron.

Y cuando se encontró en sus brazos, el sol salió de entre las nubes. La luz se posó en sus rostros, en sus pestañas húmedas, en la carta que aún sostenía en su mano.

Las cartas habían llegado. Solo necesitaban tiempo.

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