En el viejo edificio, la vida seguía como siempre: el ascensor se atascaba, las luces del vestíbulo parpadeaban, los vecinos discutían por la basura y las reformas. Ya nada sorprendía a nadie. Pero una mañana, empezaron a aparecer ositos de peluche en las puertas de los apartamentos. Pequeños, suaves, con lazos en el cuello, parecían un inocente regalo.
Los primeros en darse cuenta fueron los niños. Al levantar el juguete, descubrieron un chocolate en su interior. La alegría no tenía fin: los pequeños reían, corrían por las escaleras y se enseñaban las sorpresas unos a otros. Los adultos solo negaban con la cabeza y bromeaban: «Parece que tenemos un espíritu bondadoso en el edificio, un auténtico Papá Noel».
Cada día había más ositos. A algunos les aparecía un peluche en la puerta, a otros, dos. La gente empezó a hacer conjeturas sobre quién los dejaba. Algunos sospechaban de la vecina del piso de arriba, otros estaban seguros de que se trataba de una campaña publicitaria de una tienda de dulces. Pero, en cualquier caso, el ambiente en el edificio se volvió más cálido: la gente sonreía más a menudo, los niños esperaban «nuevos regalos» y los vecinos, que llevaban mucho tiempo sin hablarse, por fin conversaban entre ellos.
Los ositos se convirtieron en una pequeña tradición. Algunos inquilinos comenzaron a coleccionarlos y a colocarlos en sus estanterías. Incluso el vecino más taciturno del quinto piso fue visto una vez con un osito en las manos y, por primera vez en años, sonrió. Nadie quería revelar el secreto, porque era una fuente de alegría.
Pero un día la curiosidad pudo más. Una joven rasgó sin querer la costura de uno de los ositos y, en lugar de un caramelo, encontró dentro una hoja de papel cuidadosamente doblada. Al principio pensó que era una nota o un mensaje del «donante». Pero, al desplegar la hoja, vio números, sellos y la inscripción en rojo «Última advertencia». Era una factura de servicios públicos.
La noticia se extendió instantáneamente por toda la casa. Los vecinos comenzaron a revisar sus ositos y en todos encontraron recibos similares. Se armó un revuelo increíble: algunos gritaban que era una burla, otros se reían y otros murmuraban sobre lo místico, diciendo que la propia casa les recordaba sus deudas. Decidieron convocar una reunión para aclarar la situación.
Al día siguiente, los inquilinos se reunieron en el sótano. La gente se sentó en círculo, sosteniendo sus ositos en las manos, como si fueran pruebas. Entonces, se abrió la puerta y entró el conserje George. Al ver las decenas de miradas enfadadas, admitió avergonzado: «¿Qué puedo hacer? Si no recogéis vuestras cartas de los buzones, se me ocurrió una forma creativa de recordároslo. Al menos miráis los juguetes». Al principio se hizo el silencio en la sala, pero luego se oyó una carcajada. Su «misterioso Papá Noel» resultó ser el cobrador de gastos más insólito.

