Amelia Bono ha hecho de su casa de Madrid una extensión de su estilo personal. Si sus conjuntos suelen despertar interés, la decoración de su vivienda también ofrece motivos para detenerse a mirar. La hija del exministro José Bono apuesta por espacios con carácter propio, donde los muebles y los acabados no necesitan parecer comprados en conjunto para encajar. En su hogar, la mezcla tiene más protagonismo que la uniformidad.
Ese criterio se reconoce en una combinación de decisiones prácticas y elecciones decorativas con personalidad. Hay una base de líneas sencillas, pero también aparecen colores y estampados que introducen contraste. La abundante luz natural conecta los distintos ambientes y permite que convivan recursos muy diferentes sin que el resultado pierda coherencia. Es una casa pensada para la vida familiar, con atención tanto al aspecto de las habitaciones como a su uso cotidiano.

La cocina es uno de los ejemplos más claros. Su inspiración campestre encuentra en el papel pintado de las paredes un elemento protagonista, capaz de dar identidad al espacio sin depender únicamente del mobiliario. En el salón, abierto y despejado, las tapicerías geométricas comparten sitio con sillas de diseño contemporáneo. A ello se suman las grandes superficies acristaladas, que dejan entrar claridad en la zona de paso hacia las plantas superiores, y los techos abuhardillados, otro de los rasgos de la vivienda.

Pero el recorrido también permite fijarse en una estancia especialmente ligada a la organización familiar: el dormitorio infantil de Jorge, Manuel, Gonzalo y Jaime. Aquí, Amelia ha elegido una decoración que combina referencias nórdicas y marineras. El resultado se apoya en la sencillez, la luminosidad y una distribución que concede tanta importancia al descanso como al espacio disponible para jugar.
Resolver una habitación para niños exige algo más que escoger muebles bonitos. También hay que pensar en sus necesidades y en cómo cambian con el tiempo. En este caso, el diseño busca acompañar ese crecimiento con una base versátil y funcional. Una de las decisiones más prácticas está en la distribución: el centro queda despejado, de modo que los pequeños cuentan con una superficie libre para moverse y jugar sin que el mobiliario ocupe toda la estancia.
Las paredes asumen buena parte del protagonismo decorativo. Un revestimiento de lamas verticales de madera en blanco roto se prolonga desde el suelo hasta el techo y añade textura sin oscurecer la habitación. Ese acabado también ayuda a disimular las señales del uso diario. Los cabeceros ligeros refuerzan la sensación de amplitud y mantienen el equilibrio de un dormitorio en el que los elementos blancos aportan continuidad visual.
Junto a las camas aparece la pieza que introduce un contraste más marcado: un baúl artesanal de madera con apliques metálicos negros. Su aspecto aporta encanto, pero su función es muy concreta. Permite guardar los juguetes, mantenerlos organizados y dejarlos al alcance de los niños. Así, un objeto con presencia propia resuelve una necesidad cotidiana y evita que todo el peso de la decoración recaiga en elementos puramente ornamentales.
El vídeo de la estancia permite apreciar cómo encajan esas decisiones: paredes claras, muebles visualmente ligeros, espacio central libre y un baúl que concentra parte del almacenamiento. El dormitorio mantiene una imagen serena sin perder de vista que está destinado a los niños y a sus rutinas.
Dejad vuestra opinión en los comentarios. ¿Estamos convirtiendo los dormitorios infantiles en escaparates de buen gusto o esta mezcla de orden y espacio para jugar es justo lo que necesitan?