Hay una joya que acompañó uno de los momentos más importantes de la vida de Letizia y que, desde hace años, ha desaparecido de sus apariciones públicas. Se trata del anillo con el que Felipe le pidió matrimonio: una pieza de dieciséis diamantes que despertó tanta curiosidad por su diseño como, tiempo después, por su ausencia.
La reina suele lucir otros anillos, algunos en el dedo índice, un detalle que ha provocado confusiones entre quienes intentan identificar sus joyas. Sin embargo, esas piezas no deben confundirse con su alianza de boda ni con el anillo de compromiso. Son adornos distintos, con historias diferentes, aunque las fotografías hayan llevado a más de uno a mezclarlos.

Entre las joyas que han llamado la atención figura un anillo de oro con una inscripción exterior que alude al amor que todo lo mueve y otra interior que expresa la permanencia de ese sentimiento mientras exista quien lo ofrece. Su mensaje sentimental contrasta con el silencio que rodea al anillo de compromiso: Letizia dejó de mostrarlo habitualmente alrededor de 2011, sin que eso permita establecer por sí solo una explicación definitiva.

Para entender el interés que sigue despertando aquella pieza hay que regresar al comienzo de su relación con Felipe. El entonces príncipe escogió un diseño de la firma española Suárez que se alejaba de la imagen más clásica de un anillo de pedida. No había una gran piedra central elevada sobre la montura, sino dieciséis diamantes distribuidos alrededor de una banda de oro blanco.

El resultado era una joya de líneas modernas y discretas. La elección encajaba con la imagen de una pareja que estaba a punto de iniciar una etapa distinta dentro de la monarquía española: Felipe se casaría con una periodista que no pertenecía a la aristocracia y cuya llegada a la familia real concentró una enorme atención.

El anuncio oficial del compromiso se produjo el 1 de noviembre de 2003. En aquellos primeros actos como prometida del heredero, el anillo se convirtió en uno de los detalles más observados. Era una pieza reconocible, vinculada a la presentación pública de una relación que hasta entonces se había mantenido alejada del foco.

Años después, su desaparición de la mano de Letizia abrió la puerta a distintas explicaciones. Una de las más repetidas apunta a una cuestión práctica: las molestias que pueden provocar los anillos durante las numerosas sesiones de saludos y apretones de manos de la agenda institucional. Ahora bien, no conviene confundir las explicaciones sobre la comodidad de sus joyas con una confirmación específica del motivo por el que dejó de utilizar esta.
La otra versión resulta mucho más delicada porque relaciona la compra con Iñaki Urdangarin, entonces marido de la infanta Cristina. Según ese relato, Felipe le habría pedido que recogiera la pieza en una joyería de Barcelona para evitar que la operación revelara sus planes de boda. El encargo habría permitido mantener la discreción en torno a una relación que todavía no se había anunciado.
Esa misma versión sostiene que Urdangarin habría utilizado para pagar una tarjeta vinculada al Instituto Nóos. Sin embargo, el material aportado no incluye documentación que permita presentar esa operación como un hecho demostrado. Tampoco acredita que Letizia dejara de ponerse el anillo para distanciarse del escándalo. Son afirmaciones que deben distinguirse de los acontecimientos judiciales conocidos.
El caso Nóos sí tuvo importantes consecuencias para Urdangarin, que recibió una condena de prisión. La investigación y el proceso judicial sometieron a una fuerte presión pública a una parte de la familia del rey. Pero ese contexto no basta para establecer una conexión probada entre el procedimiento y las decisiones de Letizia sobre sus joyas.
También es necesario precisar lo ocurrido con la infanta Cristina. Felipe VI le retiró el título de duquesa de Palma; no la despojó de su condición de infanta ni de todos sus títulos. Cristina, que se sentó en el banquillo por una acusación relacionada con delitos fiscales, terminó siendo absuelta.
Así, el anillo conserva dos historias muy diferentes: la documentada por las imágenes de un compromiso y la construida alrededor de su posterior ausencia. Las fotografías permiten reconocer sus dieciséis diamantes y comprobar que dejó de formar parte habitual de los estilismos de Letizia. Lo que no permiten es conocer, sin una explicación concluyente, la razón personal que hubo detrás.
Una joya puede desaparecer de una mano sin que desaparezca lo que representó. En este caso, la falta de una respuesta definitiva ha mantenido viva la curiosidad durante años. ¿De verdad una reina tiene que justificar qué anillos se pone para que su matrimonio no termine convertido en objeto de sospecha?
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