La mujer de la pantalla levantó una mano.
Adrián dejó caer el teléfono sobre la mesa.
—No puede ser.
Su padre lo sujetó antes de que golpeara el suelo.
En la pantalla estaba Teresa, la madre de Elena.
La misma mujer por la que habían celebrado una ceremonia seis meses antes. La misma cuyo retrato seguía en el pasillo, junto a una vela que nadie encendía.
Sentada a su lado, Elena miraba a la cámara.
—No cortes la llamada, Ricardo.
Él abrió la boca, pero no encontró una frase.
El abogado dejó la pequeña llave sobre la mesa.
—Creo que será mejor que todos se sienten.
***
La noche anterior, Elena había subido las escaleras con un fragmento de madera escondido en la mano.
Abajo, la cena había continuado.
Escuchó el ruido de los cubiertos. Una silla arrastrándose. Después, la voz de su suegra:
—Ya se le pasará.
Elena cerró la puerta de su habitación.
Solo entonces abrió la mano.
El pedazo pertenecía a la base de la caja de música. Tenía una cavidad estrecha, un espacio que ella nunca había visto.
Dentro había encontrado la pequeña llave y un papel doblado.
En el papel reconoció la letra de su madre.
«Si te dicen que he muerto, pide que te dejen verme».
Elena lo leyó tres veces.
La última, sentada en el suelo.
Seis meses antes, Ricardo la había llamado mientras ella estaba trabajando fuera de la ciudad.
Le había dicho que Teresa había sufrido una complicación en la residencia donde se recuperaba de una fractura de cadera.
Después habló de trámites, de urgencia, de una despedida que no convenía retrasar.
Cuando Elena regresó, todo estaba organizado.
Una urna cerrada.
Flores blancas.
Personas que le decían que fuera fuerte.
Recordaba haber preguntado por qué nadie la había esperado.
Ricardo la abrazó.
—No quería que la vieras así.
Durante meses, Elena había interpretado aquella frase como una forma torpe de protegerla.
Ahora la escuchaba de otra manera.
Sacó el teléfono y llamó a Gabriel, el abogado que había trabajado con su madre mucho antes de conocer a Ricardo.
—Necesito que me digas algo sin intentar tranquilizarme.
Gabriel tardó un instante en responder.
—Te escucho.
—¿Viste el certificado de defunción de mi madre?
Al otro lado se hizo silencio.
—Ricardo me dijo que tú habías gestionado todo.
Elena cerró los ojos.
A cada uno le habían contado que el otro sabía.
***
La llave abría un pequeño archivador en el antiguo taller de Teresa.
Elena conservaba aquel local porque no había conseguido venderlo.
Su madre había restaurado muebles allí durante treinta años. Siempre olía a cera, café y madera húmeda.
Llegó poco antes de medianoche.
Durante unos segundos no pudo encender la luz.
La última vez que había estado allí, había llorado contra el abrigo de Ricardo.
Esta vez entró sola.
Encontró el archivador detrás de una mesa de trabajo.
La llave giró con dificultad.
Dentro había recibos, una libreta y una copia de un documento relacionado con la casa de Teresa.
En la primera página aparecía una firma de Elena.
Una firma que ella no había hecho.
Debajo figuraba una empresa de Adrián.
Elena se llevó una mano a la boca.
Recordó las preguntas que su madre había empezado a hacer antes de ingresar en la residencia.
«¿Has firmado algo para el muchacho?»
«¿Por qué viene a buscar papeles cuando tú no estás?»
Ricardo había dicho que Teresa estaba confundida.
Adrián se había reído.
—Tu madre cree que todo el mundo quiere robarle.
Elena volvió a mirar el documento.
Su madre no estaba confundida.
En la libreta había una última anotación:
«La enfermera Clara me cree».
Junto al nombre, un número.
***
Clara contestó al cuarto intento.
Su voz sonaba cautelosa.
—¿Quién habla?
—Soy Elena. La hija de Teresa.
La mujer no respondió enseguida.
Al fondo se oyó una puerta.
—¿Puede decirme algo que solo ustedes dos sepan?
Elena miró el archivador abierto.
—Mi madre guardaba las monedas en una lata de galletas. Pero las galletas estaban en la caja de herramientas.
Clara soltó el aire.
—He intentado encontrarla.
Elena se agarró al borde de la mesa.
—¿Está viva?
—Sí.
Aquella palabra no le produjo alivio inmediato.
Primero sintió una punzada brutal, como si su cuerpo no supiera dónde colocar tantos meses de duelo.
—¿Dónde?
Clara le dio el nombre de un centro de recuperación en otra localidad.
Explicó que Teresa había llegado tras un traslado, con otro contacto familiar registrado. Cuando recuperó fuerzas y empezó a pedir que llamaran a su hija, el número que figuraba en su expediente nunca respondía.
—Ella decía que usted no la abandonaría —añadió Clara—. Conseguí este número suyo hace dos días, pero aún no sabía si era correcto.
Elena miró el teléfono.
Había una llamada perdida de un número desconocido.
La había recibido durante una reunión.
No había devuelto la llamada.
—Voy para allá.
***
Encontró a su madre despierta.
Teresa estaba sentada junto a una ventana, con una manta sobre las rodillas y el cabello más blanco de lo que Elena recordaba.
Durante un segundo, ninguna se movió.
Después Teresa extendió las manos.
—Tardaste, hija.
Elena cruzó la habitación y cayó de rodillas frente a ella.
—Me dijeron…
No pudo terminar.
Su madre le acarició la nuca.
—Ya lo sé.
Elena lloró contra sus rodillas. Lloró por la ceremonia. Por las llamadas que no había podido hacer. Por todas las veces que había pasado frente a su fotografía creyendo que ya no quedaba nadie a quien preguntar.
Teresa también lloraba.
Pero cuando Elena levantó la cabeza, vio algo más en sus ojos.
Miedo.
—No vuelvas sola con él.
***
Aquella madrugada, Teresa le contó lo que sabía.
Adrián había llevado unos documentos a su casa y le había pedido que firmara como testigo.
Decía que Elena ya había autorizado una garantía para su negocio.
Teresa reconoció enseguida que la firma de su hija era falsa.
Se negó.
Guardó una copia y llamó a Ricardo.
—Pensé que su padre lo detendría.
Elena apartó la mirada.
También ella había pensado eso demasiadas veces.
Ricardo acudió al día siguiente. Le pidió que no hablara con Elena hasta que él pudiera «arreglar el problema».
Después de la caída y el ingreso en la residencia, las visitas disminuyeron.
Teresa había escondido la llave y la nota en la caja de música durante una breve vuelta a casa para recoger ropa, antes de que la trasladaran.
Pidió que se la llevaran a su hija.
No sabía si había llegado.
—Me dijeron que tú no querías hablar conmigo —susurró.
Elena tomó sus manos.
—A mí me dijeron que ya no podía hacerlo.
***
Al amanecer, Gabriel ya había recibido fotografías de los documentos.
Le pidió a Elena que permaneciera con su madre mientras él acudía a la casa.
Ella aceptó con una condición:
—Quiero escucharlos.
Por eso llamó cuando supo que el abogado estaba en el comedor.
Por eso Adrián vio el rostro de Teresa.
Y por eso su sonrisa desapareció antes de que nadie mencionara el dinero.
***
—Esto es absurdo —dijo Ricardo, mirando la pantalla—. Hubo un malentendido con el centro.
Teresa se irguió en la silla.
—¿También fue un malentendido mi funeral?
La suegra de Elena se llevó una mano al pecho.
La hermana de Ricardo apartó lentamente su plato.
Gabriel abrió la carpeta que llevaba.
—Hay una garantía con una firma que Elena niega haber puesto. También hay que aclarar el traslado de Teresa y la información que se dio sobre su supuesto fallecimiento.
Adrián miró a su padre.
—Diles que tú lo ibas a arreglar.
Ricardo giró la cabeza hacia él.
—Cállate.
La palabra salió demasiado rápido.
Elena sintió una claridad dolorosa.
Hasta aquel momento había conservado una pequeña esperanza: que Ricardo también hubiera sido engañado.
Pero Adrián acababa de acudir a él como alguien que conocía todo.
—¿Desde cuándo lo sabías? —preguntó.
Ricardo apretó el teléfono.
—El negocio iba a salir adelante. Recuperaríamos el dinero antes de que…
Se detuvo.
Nadie lo ayudó.
—¿Antes de que qué? —dijo Elena.
Su marido bajó los ojos.
Gabriel cerró la carpeta.
—No sigas explicándolo aquí. Necesitas asesoramiento propio.
Ricardo apenas lo oyó.
—Elena, no iba a perderlo todo por un error de mi hijo.
Ella miró a Teresa.
Su madre tenía los dedos enredados en el borde de la manta.
—Me hiciste despedirme de ella.
—Pensé que sería temporal.
—¿Qué parte? ¿Su muerte?
Ricardo no contestó.
***
La hermana de Ricardo comenzó a llorar en silencio.
—Yo pregunté por qué no había velatorio —dijo—. Me dijiste que Elena lo había pedido.
Elena recordó a aquella mujer abrazándola durante la ceremonia.
Había creído que todos aceptaban lo ocurrido porque sabían algo que ella ignoraba.
Ellos habían creído lo mismo de ella.
Ricardo había colocado una mentira distinta entre cada persona.
Adrián se levantó.
—Estáis exagerando. La abuela está bien.
Teresa miró directamente a la cámara.
—Durante meses pensé que mi hija había decidido dejarme sola.
Adrián volvió a sentarse.
Por primera vez, no parecía tener una respuesta preparada.
***
Ricardo pidió hablar con Elena en privado.
Ella se negó.
Luego pidió que regresara.
—Podemos solucionarlo en casa.
Elena miró la habitación del centro. Había una taza de plástico sobre la mesita y una planta pequeña junto a la ventana.
Su madre necesitaba ayuda para ponerse de pie.
Todavía quedaban médicos que consultar, documentos que recuperar y muchas preguntas sin respuesta.
Nada de aquello iba a resolverse con una conversación en el dormitorio.
—Anoche me dijiste que no podía salir hasta pedir perdón.
Ricardo cerró los ojos.
—Estaba enfadado.
—Yo también. Y recogí los pedazos.
Elena terminó la llamada.
No sintió triunfo.
Sintió cansancio.
Después se volvió hacia su madre.
—Vamos a desayunar.
Teresa la miró sorprendida.
—¿Ahora?
—Sí. Luego tendremos que hacer muchas cosas.
***
Las semanas siguientes fueron difíciles.
Gabriel reunió la documentación y Elena acudió a las autoridades para denunciar lo ocurrido. La garantía, las firmas y los movimientos de dinero tuvieron que revisarse uno por uno.
La separación tampoco fue rápida.
Ricardo enviaba mensajes que empezaban con disculpas y terminaban hablando de lo que podía perder.
Elena dejó de responderlos directamente.
La hermana de Ricardo entregó los mensajes que conservaba sobre la ceremonia. No pidió que aquello borrara su silencio durante la cena.
Solo dijo:
—Debí haberme levantado cuando te gritó.
—Sí —respondió Elena.
Fue una conversación breve.
Por primera vez, no suavizó la verdad para que otra persona pudiera sentirse mejor.
***
Teresa se instaló temporalmente con su hija en un apartamento pequeño.
Algunas noches se despertaba desorientada.
Otras, Elena entraba en su habitación solo para escucharla respirar.
Ninguna de las dos fingía estar bien.
Había días en que discutían por cosas mínimas y después comprendían que seguían asustadas.
Aprendieron a decirlo.
—Hoy tengo miedo —decía Teresa.
—Yo también —contestaba Elena.
Y se sentaban juntas hasta que pasaba.
***
Un restaurador consiguió reparar la caja de música.
Una esquina quedó torcida. Faltaba un pequeño fragmento de la tapa y la melodía se detenía siempre antes del final.
Elena quiso pagar otra reparación.
Teresa negó con la cabeza.
—Déjala así por ahora.
La colocaron sobre una mesa junto a la ventana.
Meses después, una tarde de lluvia, Teresa giró la llave y escuchó las primeras notas.
Elena estaba preparando café.
—Hay algo que no te he contado —dijo su madre.
Elena se volvió de inmediato.
Teresa sonrió con tristeza.
—Cuando escondí la nota, no sabía si alguien la encontraría. Pero sabía que tú jamás tirarías esa caja.
Elena se sentó a su lado.
—Casi no la abro. Me dolía demasiado.
Su madre le tomó la mano.
La melodía volvió a detenerse.
Esta vez Elena no se apresuró a darle cuerda.
Se quedó allí, escuchando la lluvia con la mujer a la que había creído perder.
Todavía quedaba mucho por reparar.
Pero ya no tendría que pedir permiso para hacerlo.
