Elena no avanzó hacia Lucía.
Permaneció de pie entre los invitados, con una mano apoyada en el respaldo de la silla, como si levantarse ya le hubiera exigido todo el valor que tenía.
—No sabía que vendrías —dijo.
Lucía apenas podía oírla por encima de los latidos en sus oídos. No veía a su tía desde los nueve años. En su casa, mencionar su nombre había sido suficiente para que su madre abandonara la mesa.
La grabadora seguía encendida.
—¿Quién no debía verla? —preguntó Lucía, mirando a su madre.
Mercedes cerró las puertas de la capilla a sus espaldas.
—No hagas esto delante de todos.
Desde el altar, Adrián, el prometido de Lucía, dio un paso hacia ella. Había visto las sillas vacías igual que ella. No le hizo ninguna pregunta; se quedó cerca, esperando.
Lucía volvió a pulsar el botón.
Entre un chasquido y otro se oyó la voz de Mercedes:
—Si Elena aparece en la boda, le contarás lo de la niña. Prométemelo.
Después, la voz de un hombre respondió:
—No puedo seguir mintiéndole.
La grabación terminaba allí.
Elena se llevó ambas manos a la boca. Mercedes miró hacia la ventana.
—Es tu padre —dijo Lucía—. Estaba hablando contigo.
—Ven afuera y te lo explicaré.
—Llevas años diciéndome que Elena no quería volver a verme.
Mercedes bajó la voz.
—Hay cosas que una niña no puede entender.
—Ya no soy una niña.
Lucía había encontrado la grabadora esa mañana en una caja con las pertenencias de su abuelo. El pequeño aparato llevaba años allí. Lo había encendido por curiosidad mientras se preparaba para salir hacia la capilla. Escuchó aquel fragmento una vez, y luego otra. Antes de que pudiera hablar con nadie, la coordinadora le contó lo de las sillas.
Todo había ocurrido tan deprisa que aún no sabía cómo encajaban las piezas. Pero conocía una parte de la historia: Elena había desaparecido de su vida cuando Lucía era pequeña. Mercedes decía que su hermana había elegido marcharse y que volver a buscarla solo les haría daño.
Sin embargo, Elena estaba allí.
—Me invitó Adrián —dijo su tía.
Lucía se volvió hacia él.
Adrián tenía el rostro pálido.
—La encontré hace dos semanas. Quería darte la oportunidad de hablar con ella después de la ceremonia, cuando tú eligieras. No sabía que tu madre estaba intentando dejar vacío tu lado de la capilla.
Mercedes soltó una risa seca.
—¿Así que también tú has estado a mis espaldas?
—Lucía llevaba años preguntando por ella —respondió Adrián—. Elena aceptó venir porque pensé que podías querer verla.
Lucía no supo si agradecerle el gesto o enfadarse porque no se lo hubiera dicho antes. No tenía fuerzas para decidirlo allí.
La puerta volvió a abrirse.
Su padre entró solo. Se detuvo al ver a Elena de pie y a Mercedes junto a la grabadora.
—¿Qué ha pasado? —preguntó.
—Encontré esto en la caja del abuelo —dijo Lucía.
Él reconoció el aparato al instante.
Mercedes se colocó entre ambos.
—No tienes que decir nada.
Por primera vez que Lucía recordara, su padre no miró a Mercedes antes de responder.
—Sí tengo.
Pidió que salieran al pequeño patio lateral. Los invitados permanecieron dentro. Adrián acompañó a Lucía; Elena salió detrás de ellos. Bajo la sombra de un árbol, su padre tardó varios segundos en encontrar las palabras.
—Cuando eras pequeña, Elena vivió con nosotros casi un año —empezó—. Tú la recuerdas.
Lucía asintió. Recordaba las tardes en que su tía le enseñaba a hacer barcos de papel. Recordaba también el día en que dejó de aparecer.
—Una noche hubo un incendio en la cocina —continuó él—. Te quedaste encerrada en tu habitación por el humo. Elena entró a buscarte.
Lucía se miró la palma de la mano. Una pequeña cicatriz cruzaba la base de su pulgar. Mercedes siempre le había dicho que se la hizo al romper un vaso.
—¿Ella me sacó?
—Sí.
Elena miró al suelo.
—Me quemé las manos. Pasé un tiempo en el hospital.
Lucía dio un paso hacia ella, pero su padre aún no había terminado.
—Después del incendio, Mercedes dijo que Elena lo había provocado por descuido. Yo le creí.
—Dejé una sartén al fuego —dijo Elena—. Lo he lamentado cada día desde entonces. Pero nunca quise alejarme de ti.
Mercedes apretó los brazos contra el cuerpo.
—Pudiste haber contado lo demás.
—Intenté hacerlo —respondió Elena—. Me dijiste que Lucía me tenía miedo. Que si volvía, la haría revivir aquella noche.
El padre de Lucía se pasó una mano por la frente.
—Hace unos meses, encontré una carta de Elena entre los papeles del abuelo. Había escrito para pedirnos permiso de verte. Había más cartas, de distintos años. Ninguna llegó a tus manos.
Lucía sintió un frío extraño. Había crecido creyendo que su tía nunca había preguntado por ella.
—¿Tú encontraste las cartas? —le preguntó a su padre—. ¿Por qué no me dijiste nada?
Él sostuvo su mirada, avergonzado.
—Quise hablar contigo. Mercedes me pidió tiempo. Luego seguí aplazándolo.
La respuesta le dolió más que una excusa. Su padre había tenido meses para abrir la boca.
—Por eso estábamos hablando en la grabación —dijo él—. Tu abuelo quería que te entregáramos las cartas antes de la boda. Mercedes no quería que Elena estuviera presente cuando lo hiciera.
Mercedes miró a su hermana.
—Yo cuidé a Lucía después del incendio. Estuvo semanas despertándose por la noche, llamándome. Pensé que mantenerte lejos era lo mejor para ella.
Elena tenía los ojos llenos de lágrimas.
—Podías haberme culpado por la sartén. No necesitabas decirle que yo la había abandonado.
—Al principio creí que solo sería por un tiempo —dijo Mercedes.
—Pasaron veinticinco años —respondió Lucía.
Nadie discutió la cifra.
A través de la puerta entreabierta de la capilla se veía el pasillo y, a la izquierda, todas aquellas sillas sin ocupar.
—¿Y mis invitados? —preguntó Lucía—. ¿Qué les dijiste?
Mercedes tardó en contestar.
Algunos habían recibido un aviso de que la ceremonia sería privada. A otros les dijo que Lucía necesitaba distancia de la familia antes de hablar con Elena. Su prima Julia, que conocía la vieja historia del incendio, había empezado a llamar a los demás. La mentira se había extendido antes de que Lucía supiera que existía.
—Temí que alguien te lo contara hoy —dijo Mercedes.
—Así que decidiste que nadie viniera.
Mercedes no respondió.
Lucía pensó en su vestido, en el pasillo que había imaginado recorrer y en todas las personas que tal vez estaban en casa creyendo que ella no quería verlas. Sacó el teléfono y llamó a Julia.
—Soy yo —dijo cuando su prima contestó—. Si todavía quieres venir, la boda sigue en pie.
Julia se echó a llorar. Prometió avisar a cuantos pudiera.
No todos llegarían. Algunos vivían demasiado lejos; otros habían hecho nuevos planes. Lucía lo sabía. Miró las sillas vacías y sintió la pérdida de aquella mañana tal como era, sin buscar una manera de hacerla desaparecer.
Adrián se acercó.
—Podemos esperar un poco —dijo—. O casarnos otro día. Lo que tú quieras.
Lucía miró a Elena. Su tía sostenía las manos juntas frente a sí. Las cicatrices de las quemaduras aún se veían en los dedos.
—Quiero hablar contigo después —le dijo—. Hay mucho que no sé.
—Aquí estaré —respondió Elena.
Su padre se adelantó cuando Lucía volvió hacia la capilla.
—¿Quieres que te acompañe?
Ella observó su mano extendida. Lo quería. También estaba enfadada con él.
—Hoy voy a entrar con Adrián —dijo.
Él retiró la mano y asintió.
Esperaron cuarenta minutos. Llegaron Julia, dos primos, una vecina que había conocido a Lucía desde niña y tres amigos de su abuelo. Otras sillas quedaron vacías.
Antes de que empezara la ceremonia, Lucía dejó la grabadora en manos de la coordinadora. Ya no necesitaba sostenerla para creer lo que había oído.
Cuando se abrieron las puertas, miró a ambos lados del pasillo. Vio a las personas que habían conseguido llegar y a las que faltaban. Elena estaba sentada cerca del frente.
Lucía tomó la mano de Adrián y caminó hacia el altar. La conversación con su madre esperaba fuera de aquel momento. También las cartas de Elena y los años que nadie podía devolverles.
Por ahora, Lucía sabía algo que nunca le habían permitido saber de niña: su tía había vuelto a buscarla.
