La novia le quitó la silla a su hermana delante de todos… y el novio sacó del bolsillo una fotografía que ella había escondido durante años

Rosa no miró a Beatriz al levantarse.

Miró a Irene.

—Yo hice la fotografía —dijo.

Irene volvió a observar la imagen. Su madre sostenía una taza con ambas manos. Tenía el cabello gris recogido de cualquier manera y miraba hacia la cámara con una expresión que Irene conocía bien: parecía estar a punto de decirle a alguien que se sentara y comiera algo.

—¿Cuándo? —preguntó Irene.

Rosa se acercó a la mesa.

—El catorce de marzo. Hace dos años.

Irene sintió que el salón se alejaba.

Aquel día había llamado a Beatriz desde la estación de tren. Quería visitar a su madre. Beatriz le había dicho que no viajara: la enfermedad había avanzado tanto que ya no reconocía a nadie y las visitas la alteraban.

Irene había regresado a casa con el billete sin usar dentro del bolso.

—Mi madre ya no me reconocía —dijo, más para sí misma que para Rosa.

—A veces confundía las fechas —respondió la mujer—. Pero hablaba de ti todos los días.

Beatriz dio un paso adelante.

—Rosa trabajó con mamá hace años. No conoce toda la situación.

—La cuidé hasta su último mes —dijo Rosa.

Algunas personas se removieron en sus asientos. Irene se obligó a mirar a su hermana.

—¿Por qué me dijiste que no fuera?

Beatriz se volvió hacia Tomás.

—¿Ves lo que has provocado? Nuestra madre murió. No podemos preguntarle lo que pensaba.

Tomás bajó el micrófono sobre la mesa.

—No necesitaba que esto ocurriera delante de todos —dijo—. Te pregunté por la fotografía esta mañana. Pudiste hablar con Irene antes de la ceremonia.

Beatriz apretó el ramo hasta doblar uno de los tallos.

Irene miró a Tomás. Durante la semana anterior, él la había llamado dos veces con preguntas extrañas sobre su madre. Ella creyó que preparaba una sorpresa para la boda: quizá un retrato en su memoria. Le había contado que apenas pudo verla durante sus últimos años porque Beatriz se ocupaba de las visitas.

—¿Cómo encontraste a Rosa? —preguntó.

—Vino a la casa a dejar una caja que tu madre le pidió guardar —respondió él—. Beatriz no estaba. Hablamos mientras la esperaba.

Beatriz cerró los ojos.

—La caja era mía.

—Tu madre la dejó para Irene —dijo Rosa.

El silencio llegó hasta las mesas del fondo.

Rosa había cuidado a su madre por las tardes, cuando Beatriz trabajaba. La enfermedad no había sido una línea recta, explicó. Hubo días de confusión y días en que recordaba con claridad. En uno de esos días encontró una caja de lata donde guardaba fotografías, tarjetas y una libreta pequeña.

—Me pidió que te la diera si no lograba hacerlo ella —dijo Rosa a Irene—. Fui a tu casa una vez, pero ya te habías mudado. Beatriz me dijo que tú no querías saber nada más.

—Eso no es verdad —respondió Irene.

Rosa asintió con tristeza.

—Ahora lo sé.

Una de las tías de ambas se levantó de su mesa.

—Beatriz me dijo que Irene había dejado de llamar.

—Llamaba cada semana —dijo Irene—. A veces nadie contestaba.

Recordó los mensajes que dejaba en el teléfono de la casa. Recordó a Beatriz diciéndole después que su madre se había angustiado al escucharlos y que sería mejor darle tranquilidad.

Irene había intentado respetar aquella petición. Cada semana se hacía más difícil marcar el número. Luego llegó el día en que Beatriz llamó para anunciarle la muerte.

—Yo estuve allí —dijo Irene—. Fui al funeral.

—Sí —respondió Beatriz de inmediato—. Nadie te impidió ir.

Irene recordó a su hermana junto al ataúd, aceptando abrazos y hablando con todos. Ella apenas había podido sostenerse en pie. Creía que había perdido a su madre mucho antes de que muriera, que la enfermedad había borrado cualquier posibilidad de despedirse.

Tomás tomó la fotografía y le dio la vuelta. En el reverso, además de la fecha, había una frase escrita con letra temblorosa:

Para Irene, cuando venga.

Irene tuvo que sentarse. Tomás acercó la silla que Beatriz había apartado. Esta vez nadie se rio.

—¿La esperó? —preguntó Irene.

Rosa se arrodilló a su lado.

—Muchos días. Yo le decía que debía hablar contigo directamente. A veces lo intentaba. Otras, cuando llegaba Beatriz, decía que no quería causar una pelea entre sus hijas.

Beatriz dejó el ramo sobre la mesa.

—No sabía que había escrito eso en la foto.

Irene levantó la vista.

—Pero sí sabías que yo quería verla.

—Yo estaba allí cada día —respondió Beatriz—. Yo limpiaba, compraba las medicinas y me quedaba cuando tenía miedo. Tú llamabas desde otra ciudad y preguntabas cuándo podías venir.

—Podría haber ido.

—Y luego te habrías marchado otra vez.

Por fin apareció algo reconocible bajo el enojo de Beatriz: agotamiento. Irene sabía que cuidar a su madre había sido duro. Había ofrecido pagar ayuda y turnarse durante sus vacaciones. Beatriz rechazó las dos cosas. Siempre decía que lo tenía bajo control.

—Debiste decirme que necesitabas que me quedara más tiempo —dijo Irene.

—Te lo habría tenido que pedir.

—Sí.

Beatriz miró alrededor. Había doscientos invitados escuchando una conversación que nunca había querido tener ni siquiera a solas.

—Al principio, mamá preguntaba por ti cuando acababas de llamar —admitió—. Me enfadaba. Yo estaba delante de ella y preguntaba por la persona que vivía lejos. Le decía que vendrías otro día.

Irene apretó la fotografía.

—Después dejaste de decírmelo a mí.

Beatriz no contestó.

La madre de Tomás se acercó y le preguntó en voz baja si quería salir un momento. Beatriz negó con la cabeza. Miró a Tomás, esperando quizá que él la defendiera.

—Lo de la silla —dijo él—. Eso ocurrió antes de que nadie sacara la fotografía.

Beatriz apartó la mirada.

Rosa volvió a su asiento y regresó con la caja de lata. La colocó delante de Irene sin abrirla. En la tapa había pequeñas marcas de óxido.

—Quería entregártela sin convertirla en un espectáculo —dijo—. Siento que haya sucedido así.

Irene pasó los dedos por el borde de la caja. No quiso abrirla en el salón. Cualquier cosa que hubiera dentro merecía un momento que no perteneciera a los invitados.

—Voy a salir —dijo.

Tomás se hizo a un lado para dejarla pasar. Beatriz la llamó antes de que llegara a la puerta.

—Espera.

Irene se detuvo, pero no se volvió.

—Mamá también me quería —dijo Beatriz.

—Nunca he dicho que no.

Aquella respuesta pareció sorprenderla más que un reproche.

En el pasillo, lejos de las mesas, Irene abrió la caja. Había fotografías de cuando eran niñas, entradas de cine guardadas entre tarjetas de cumpleaños y una libreta con la cubierta gastada. En una página encontró anotados los días en que había llamado. Al lado de varias fechas, su madre había escrito: Irene viene pronto.

Irene se cubrió la boca con una mano.

Rosa salió poco después y se sentó junto a ella. No intentó explicar cada página. Permaneció allí mientras Irene las recorría despacio.

La ceremonia se retrasó. Irene no regresó al salón para presenciarla. Tomás le llevó el abrigo y le preguntó si quería que alguien la acompañara a casa.

—Rosa puede quedarse conmigo —dijo Irene.

Antes de irse, vio a Beatriz al fondo del pasillo. Seguía vestida de novia. Por primera vez en toda la noche, no parecía saber qué decir.

Irene tampoco estaba preparada para hablar con ella.

Guardó la libreta y la fotografía en la caja. Había perdido años que no podría recuperar. Aquellas páginas, al menos, le devolvían una certeza: su madre la había esperado y había sabido que Irene seguía intentando llegar a ella.

interesteo