El hombre entreabrió los ojos.
Lento.
Como si le costara mantenerse presente.
—¿Quién… eres? —repitió.
La voz era débil.
Casi perdida.
El niño no respondió.
No de inmediato.
Se acercó un poco más.
Hasta quedar justo al lado de la cama.
—Ya me olvidó —dijo.
Tranquilo.
Sin reproche.
Sin rabia.
Eso fue lo que lo hizo más fuerte.
El hombre frunció el ceño.
Intentando entender.
Intentando recordar.
Pero no lo lograba.
—No… yo…
Las palabras se rompían.
Antes de terminar.
El niño no lo ayudó.
No le dio pistas.
Solo lo miraba.
Fijo.
Esperando.
Como si ese momento no se pudiera evitar.
La enfermera observaba.
Sin intervenir.
Porque algo en la escena…
no parecía normal.
El hombre respiró hondo.
—Dime… —pidió.
Pero el niño negó con la cabeza.
—Usted sabe.
El silencio cayó.
Pesado.
Real.
El tipo de silencio que no deja escapar.
El hombre cerró los ojos.
Un segundo.
Solo uno.
Pero suficiente.
Porque cuando los abrió…
ya no miraba igual.
Algo había cambiado.
No completamente.
Pero lo suficiente.
—Espera… —susurró.
La palabra salió lenta.
Como si viniera desde muy lejos.
El niño no se movió.
No sonrió.
No reaccionó.
Porque entendía.
Que ese momento…
no era rápido.
El hombre levantó ligeramente la mano.
Temblando.
Intentando alcanzarlo.
Y en ese instante…
la memoria dejó de ser opcional.
