El hombre no respondió.
No de inmediato.
Porque algo en esas palabras…
lo detuvo.
—¿Qué dices? —preguntó.
Pero su voz ya no era firme.
La niña no apartó la mirada.
—Si te vas ahora…
Hizo una pausa.
Corta.
Pesada.
—No vuelves.
El ruido de la calle seguía.
Pero ya no importaba.
El hombre miró alrededor.
Como buscando salida.
Como si quisiera ignorarlo.
Pero no podía.
—No sabes de lo que hablas —dijo.
Pero no sonó convincente.
La niña dio un paso más.
—Sí lo sé.
Su voz temblaba.
Pero no se rompía.
—Siempre te vas.
El silencio cayó.
Más fuerte que cualquier ruido.
El tipo de silencio que no se puede evitar.
El hombre tragó saliva.
Porque entendía.
Más de lo que quería.
—No puedo quedarme —dijo.
Pero ahora sonaba diferente.
Más débil.
La niña negó lentamente.
—Nunca puedes.
La frase fue simple.
Pero suficiente.
Porque en ese momento…
ya no estaba discutiendo.
Estaba recordando.
Y eso…
lo cambió todo.
