El perro avanzaba distinto.
Más lento.
Más atento.
No como en servicio.
Como si algo lo guiara.
El oficial lo seguía.
Sin entender.
Sin intervenir.
Porque algo en la escena lo detenía.
El paciente estaba quieto.
Sin reaccionar.
Ajeno.
El perro se acercó.
Paso a paso.
Y se detuvo.
A su lado.
No ladró.
No marcó.
Solo se quedó ahí.
Mirándolo.
El silencio se volvió total.
Pesado.
Real.
El oficial tragó saliva.
—Esto no es normal…
Pero no apartó la mirada.
El perro inclinó la cabeza.
Y entonces…
se acercó más.
Apoyó el hocico.
Suavemente.
Contra la cama.
El gesto fue pequeño.
Pero suficiente.
Porque en ese momento…
ya nadie dudó
de que aquello
no era una coincidencia.
