El silencio era absoluto.
Nadie respiraba.
Nadie se atrevía a moverse.
El niño seguía allí.
Frente al ataúd.
Sus manos temblaban.
Pero no retrocedió.
—No está solo —repitió.
Alguien en la multitud negó con la cabeza.
Como si no quisiera escuchar.
Como si aquello no tuviera sentido.
—¿Qué dices? —preguntó una voz.
El niño levantó la mirada.
Sus ojos estaban llenos de lágrimas.
Pero no de miedo.
De certeza.
—Me habló ayer.
El murmullo recorrió el lugar.
Inquieto.
Increíble.
—Eso no es posible —dijo alguien más.
Pero el niño no dudó.
—Dijo que no lo dejaran.
El aire se volvió pesado.
El tipo de silencio que incomoda.
Que obliga a pensar.
Algunos bajaron la mirada.
Otros simplemente observaron.
Porque en ese momento…
ya nadie estaba seguro
de lo que creía.
