Frida Pushnik nació en 1923 en Pensilvania con una grave anomalía congénita: no tenía brazos ni piernas. Los médicos no creían que la niña sobreviviría, pero Frida no solo resistió, sino que aprendió a comer, escribir, bordar y realizar muchas actividades cotidianas por sí misma, sujetando los objetos entre la barbilla, el hombro y la mandíbula. Ya en la escuela, su letra era reconocida como una de las mejores.

En 1933, el destino la unió con Robert L. Ripley, creador del famoso programa «Creer o no creer». Él invitó a la niña de diez años a actuar en la Exposición Universal de Chicago. El público quedó impresionado por su destreza y fuerza de carácter, y en poco tiempo la niña se convirtió en una verdadera sensación. Las giras, los números de circo y las actuaciones se sucedían uno tras otro.

En su juventud, Frida firmó un contrato con el mayor circo estadounidense, Barnum & Bailey, y trabajó con un horario agotador, a veces hasta 16 horas al día. Millones de espectadores vieron su espectáculo. En 1944, sobrevivió milagrosamente al incendio del edificio del circo, del que la sacaron junto con la silla en la que actuaba. A pesar de lo que había vivido, siguió trabajando.

Después de la Segunda Guerra Mundial, la actitud de la sociedad hacia los «espectáculos de fenómenos» cambió, y en 1955 se aprobó una ley que prohibía de facto este tipo de representaciones. La carrera de Frida terminó de golpe. Perdió su principal fuente de ingresos y se vio obligada a abandonar la vida pública.
Pasó los últimos años de su vida en Costa Mesa, California. Vivía muy modestamente, vendiendo sus dibujos y bordados, que seguía haciendo sin manos ni pies. No tuvo una vida personal: Frida nunca se casó ni tuvo hijos. Evitaba conscientemente llamar la atención y llevaba una vida solitaria.

El 24 de diciembre de 2000, Frida Pushnik murió a los 77 años, de forma tranquila y discreta. Hace tiempo que la olvidaron aquellos que alguna vez la aplaudieron en las arenas, pero hoy su historia se percibe como un poderoso testimonio de la fortaleza humana. Ella demostró que la fuerza del espíritu puede superar las limitaciones físicas, pero al mismo tiempo recordó lo fácil que es para la sociedad dar la espalda a aquellos que dejan de entretenerla.
