El funeral transcurrió en silencio. Lloviznaba, las gotas golpeaban los paraguas negros y la música fúnebre sonaba sorda, como desde lejos. Amy estaba de pie junto al ataúd, con las manos apretadas, sin llorar, simplemente mirando fijamente a un punto. Su marido había fallecido de forma repentina: un accidente, instantáneo, sin posibilidad de salvación.
Ella no lo creía. Todo parecía un sueño, donde los sonidos y los rostros se difuminaban. A su lado estaban sus amigos, compañeros de trabajo y vecinos. Las voces sonaban apagadas, hasta que la mirada de Amy se posó en alguien al final de la fila. Un hombre. Alto, con el mismo rostro. Los mismos ojos, la misma cicatriz en el labio, el mismo movimiento de la mano.
El corazón le dio un vuelco en la garganta. Se quedó paralizada.
—No… —susurró.
El hombre se dio cuenta de su mirada. Por un instante, sus ojos se encontraron, y él inmediatamente se dio la vuelta y bajó el paraguas.
Amy dio un paso adelante, sintiendo que las piernas le fallaban.
—¡Espere! —gritó, pero el ruido de la multitud y el sonido de la lluvia ahogaron su voz.

Cuando terminó la ceremonia, corrió tras él, pero había desaparecido entre los coches.
Más tarde, en casa, sacó un viejo álbum. En uno de los sobres, escondido debajo de la foto de su boda, encontró una foto tomada muchos años atrás: su marido estaba junto a ese mismo hombre. Debajo de la foto solo había una palabra escrita:
«Nosotros».
Amy se dejó caer al suelo, sintiendo que el suelo se le escapaba de debajo de los pies. Había vivido con un hombre al que conocía y, al mismo tiempo, no conocía en absoluto.
