Anna esperaba ese día con emoción y ansiedad. La segunda ecografía, esa en la que se puede ver al bebé, escuchar su corazón y saber si todo está bien. Tardó mucho en elegir al médico, se inscribió con antelación y leyó cientos de opiniones. Quería que todo fuera perfecto.
En la consulta olía a antiséptico. El médico, un hombre de unos cincuenta años, tranquilo y de voz suave, le pidió que se tumbara en la camilla. El aparato empezó a zumbar y el gel frío tocó su piel. Anna miró la pantalla conteniendo la respiración.
—Aquí está la cabeza —dijo el médico en voz baja—. Aquí están las manitas…
Sonrió, pero de repente se calló. Su rostro cambió. Frunció el ceño, se acercó al monitor y comenzó a mover lentamente el sensor.
—¿Va todo bien? —preguntó Anna. Su voz temblaba.
El médico no respondió de inmediato. Pulsó un botón, hizo una foto y luego otra más.
—¿Cuándo… cuándo se hizo la última ecografía? —preguntó en voz baja.
—Hace tres semanas. Todo estaba bien. ¿Por qué lo pregunta?
Respiró hondo.
—Escuche —dijo, volviéndose hacia ella—. ¿Ve esta mancha?
Anna asintió.
—No es un solo corazón. Son dos.

Ella se quedó paralizada.
—¿Dos?
—Sí —sonrió el médico—. Estás esperando gemelos. Es solo que uno de los bebés estaba escondido detrás del otro y antes no se veía.
Anna se echó a llorar. No por miedo, sino por felicidad. El médico se secó el sudor de la frente en silencio y dijo con una sonrisa:
—Me ha asustado más usted a mí que yo a usted.
