Ella despidió a la empleada doméstica y al día siguiente se dio cuenta del error que había cometido

La casa de Laura siempre brillaba por su limpieza. Paredes blancas, estanterías perfectas, aroma a ropa limpia y café por las mañanas. Y todo ello gracias a María, su ama de llaves, una mujer mayor, tranquila y callada. En cinco años, Laura se había acostumbrado a su presencia: María llegaba temprano por la mañana, hacía todo sin decir una palabra y se marchaba antes del almuerzo.

Pero últimamente, a Laura le molestaba cada vez más que alguien anduviera por la casa, moviera las cosas y supiera dónde estaba cada detalle. Sentía que quería «espacio personal».

—María, creo que ya has trabajado bastante. Gracias por todo —le dijo un día, tratando de sonar amable.
María solo asintió con la cabeza.
—Por supuesto, señora. Lo entiendo perfectamente.

Al día siguiente, la casa estaba en silencio. Demasiado silenciosa. Sin el ruido de la aspiradora, sin el olor a limpieza. Laura decidió que se acostumbraría. Pero cuando por la noche fue al dormitorio, vio un sobre sobre la almohada.

Dentro había una foto de su hijo, tomada cuando era niño, y una breve nota:

«Cuídalo. Me recuerda al mío».

Laura se quedó paralizada. Un hijo. Sintió un escalofrío. María nunca le había hablado de su vida. Solo una vez, de pasada, mencionó que había perdido un hijo.

Laura corrió al teléfono, pero el número de María ya no estaba disponible. Al día siguiente fue a la antigua dirección, pero allí nadie la conocía.

Y solo entonces Laura comprendió: a veces perdemos a personas que nos querían más de lo que parecía.

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