El pasillo quedó en silencio.
La enfermera no apartó la mirada del niño.
Había algo en su forma de sostener aquello.
Algo que no encajaba con su edad.
Con su miedo.
—¿Para quién es? —preguntó.
El niño miró la puerta.
Luego a ella.
—Para mi papá.
La respuesta fue simple.
Pero el tono no lo era.
No había duda.
No había confusión.
Solo certeza.
La enfermera respiró hondo.
—No hay niños aquí —respondió, intentando mantener la calma.
Pero el niño negó con la cabeza.
—Sí hay.
El silencio se volvió incómodo.
Como si nadie supiera qué hacer.
La enfermera miró el objeto.
Pequeño.
Gastado.
Pero importante.
—Él me pidió que viniera —añadió el niño.
El corazón de la enfermera dio un vuelco.
Porque en ese momento…
recordó algo.
Un paciente.
Una conversación.
Una promesa.
Y entonces…
abrió la puerta.
Y lo que vio…
cambió todo.
