Una fría tarde de otoño caía sobre el pequeño pueblo al pie de las colinas. La llovizna convertía la tierra en un barro pegajoso, y el viento arrastraba las hojas secas por la calle. El anciano Robert Meyer regresaba de la tienda, envuelto en su viejo impermeable, cuando, al doblar la esquina hacia su casa, vio un bulto oscuro tirado en medio de la carretera.
Se detuvo. Al principio pensó que era un trapo. Pero el trapo se movió.
De entre el barro asomó un hocico con ojos llenos de miedo y súplica.
—Ay, pobrecita —susurró Robert, inclinándose—. ¿Quién te ha dejado así?
Ante él había un perro, casi irreconocible bajo una capa de barro y bardanas. Temblaba todo, tenía una vieja herida en la pata, el pelaje enmarañado y las orejas pegadas a la cabeza. Robert sacó un trozo de pan de la bolsa, lo partió y se lo ofreció. El perro se acercó indeciso, lo olisqueó y lo cogió con cuidado. Luego, como si hubiera comprendido que aquel hombre no le haría daño, apoyó la cabeza en su mano.
—Vamos, vamos —dijo el anciano—, vamos a entrar a calentarnos.
En casa, encendió la estufa y puso una olla con agua al fuego. El perro se sentó junto a la puerta, sin moverse, solo con los ojos siguiendo cada uno de sus pasos.
—No tengas miedo, no te haré daño —le dijo Robert con suavidad—. Ahora te lavaremos y sabremos quién eres.
Llenó una palangana con agua caliente y empezó a quitarle la suciedad capa por capa. El agua se oscureció rápidamente y debajo apareció otro perro. No era un vagabundo, ni un perro callejero. Su pelaje era espeso, dorado, y en otro tiempo bien cuidado. Alrededor del cuello llevaba un collar viejo, casi desgastado, con una placa metálica.
Robert entrecerró los ojos, tratando de ver la inscripción.
—¿Qué tenemos aquí?
Pasó el dedo por el metal y se detuvo.
En la placa, apenas legible bajo los arañazos, estaba grabado:
«Bim. Pueblo de Brenner. Propietario: Edward Meyer».
El anciano retiró la mano como si se hubiera quemado.
Edward Meyer… su hijo.

Robert se quedó sentado en el taburete durante un buen rato, mirando al perro, que ahora yacía a sus pies, gimiendo suavemente en sueños.
Su hijo había muerto tres años atrás, cuando regresaba del trabajo por una carretera resbaladiza. En el coche iba también su perro, un golden retriever llamado Bim. Encontraron el coche en el río, y también el cuerpo de Edward. Pero el perro nunca apareció.
Todos pensaron que se había ahogado.
Y ahora, sucia, demacrada, pero viva, yacía a sus pies.
Robert le acarició la cabeza con la mano y las lágrimas rodaron por sus mejillas arrugadas.
—Dios mío… Bim… ¿has vuelto? —susurró—. ¿Todo este tiempo me has estado buscando?
La perra abrió los ojos, como si entendiera cada palabra, y lentamente puso su pata sobre su rodilla. Robert se inclinó y la abrazó, sintiendo cómo algo se rompía silenciosamente en su interior: el dolor, la soledad, la nostalgia por su hijo. Todo se mezclaba.
La estufa crepitaba, la lluvia golpeaba la ventana y la pequeña casa a las afueras del pueblo volvió a dejar de estar tan vacía.
Desde entonces, cada noche, Bim se tumbaba a los pies de Robert, y el anciano le leía en voz alta las viejas cartas de su hijo, como si le contara todo lo que no había podido decirle en vida.
A veces, Bim levantaba la cabeza y miraba a los ojos a su dueño, tal y como antes miraba a Edward.
Y entonces Robert sabía que la conexión entre ellos no se había roto. Simplemente, el camino a casa había tardado tres largos años.
