Llovía sin parar. Laura escribió que tenía «una cita con una amiga» y Mark se retrasó en el trabajo. Pero esa noche cancelaron la reunión. Cerró el portátil, cogió las llaves y decidió darle una sorpresa: llegar a casa antes, comprar sus cruasanes favoritos, poner música y pasar la noche juntos, como antes.
Se detuvo en la entrada, sonriendo para sus adentros. Las luces de su apartamento estaban encendidas. «Entonces ya ha vuelto», pensó y subió las escaleras. Pero cuando introdujo la llave en la cerradura, oyó voces.
Una femenina, la de ella. Y otra masculina, la de un extraño.
Al principio, Mark se quedó paralizado. ¿Quizás había venido un vecino? Pero las risas estaban demasiado cerca. No abrió la puerta de inmediato, simplemente se quedó allí, escuchando.
—¿Estás segura de que no sospecha nada? —preguntó la voz masculina.
Pausa. Luego, en voz baja, casi en un susurro:
—Se ha vuelto como una sombra. Siempre está en el trabajo. Ni siquiera me mira.
Mark apretó la bolsa con tanta fuerza que el papel crujió. Sintió un vacío en el pecho. En su cabeza no había palabras ni sonidos, solo el zumbido de la sangre en sus oídos. Oyó cómo ella se reía. Esa misma risa que él amaba.
Abrió la puerta. Lentamente, sin llamar. En el vestíbulo estaban sus zapatos, sobre la mesa, el jarrón con las rosas que él le había regalado ayer. Desde la cocina llegó una voz:
—Espera, voy a cerrar la ventana, hace frío.
Ella salió y se quedó paralizada. La bolsa con los cruasanes se le cayó de las manos y se esparció por el suelo. Se miraron como dos desconocidos.
El silencio era más fuerte que cualquier grito.

