Durante la boda, el novio se arrodilló, pero no ante la novia

La sala estaba decorada con flores blancas y la música sonaba suave y solemne. Todos se pusieron de pie cuando entró el novio, seguro, tranquilo, con esa mirada en la que la novia leía todo: amor, emoción, esperanza. Sofía caminó hacia él, sintiendo cómo se le doblaban las rodillas. El día que había esperado toda su vida.

Se quedaron uno frente al otro, cogidos de la mano. El oficiante pronunciaba palabras sobre la familia, la fidelidad, el amor, pero Sofía ya no oía nada, solo los latidos de su propio corazón.

Y de repente, en medio de la ceremonia, Alex, su novio, palideció, soltó su mano y dio un paso atrás. Todo el mundo se quedó paralizado. Él se arrodilló. Pero no ante ella.

Sofía se giró: detrás, en la entrada, había una anciana con un bastón. Alex, con las manos temblorosas, se quitó el anillo y susurró:
—Lo siento, mamá. No he podido hacerlo hasta que has llegado.

Ella se quedó allí, sin poder creer lo que veían sus ojos. Su madre se había opuesto a la boda desde el principio. No había acudido a los ensayos, no respondía a las llamadas, afirmando que «su hijo estaba cometiendo un error». Pero ahora, al verla en la puerta, todo lo demás dejó de existir.

Se acercó a ella de rodillas, la abrazó y se echó a llorar. En la sala reinaba el silencio. Sofía no sabía si llorar, marcharse o simplemente quedarse allí. Parecía que todo el mundo se había quedado paralizado, observando cómo el hombre al que amaba elegía entre el pasado y el futuro.

Cuando se levantó, tenía los ojos rojos y la voz temblorosa:
—No me casaré hasta que ella nos dé su bendición.

Su madre se acercó lentamente, miró a la novia y, por primera vez en todo ese tiempo, sonrió.

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