La primera vez lo notó por la mañana.
El perro — Ben, un mestizo inteligente y cariñoso, con ojos color ámbar — estaba junto a la puerta, cubierto de manchas rosadas.
En el hocico, en el costado, incluso en la cola.
Como si alguien no hubiera resistido y lo hubiera convertido en un lienzo viviente.
Se rió. Pensó — niños.
Lo acarició, lo lavó con la manguera y se olvidó del asunto.
Una semana después — otra vez.
Esta vez, Ben tenía las orejas verdes. Y en el costado, cuidadosamente escrito: «APARCAMIENTO».
Tom frunció el ceño.
Caminó por la calle, observando los patios, pero todo parecía tranquilo.
Los vecinos bromeaban:
— ¿Quizás tienes un nuevo artista en el barrio?
Sonreía, pero bajo la piel ya crecía la irritación.
Alguien claramente quería decirle algo.
Y luego vino la tercera vez.
Ben regresó con manchas azules y una flecha en la espalda. Debajo, torpemente escrito: «NO APARQUES AQUÍ».
Tom se detuvo.
Recordó — justo allí, junto al viejo roble, había aparcado el coche un par de veces.
Cerca del terreno del señor Hughes — un hombre mayor, solitario, que siempre se quejaba de que le bloqueaban la salida.
Esa noche, Tom fue a verlo.
No con enfado — solo con cansancio.
El señor Hughes estaba sentado en un banco, reparando una vieja silla, y sin levantar la vista dijo:
— Puse un cartel. Nadie lo mira. Tal vez al menos vean al perro.
Tom guardó silencio.
El viento movía las hojas, y el agua goteaba del techo.
Ben se sentó a su lado y apoyó la cabeza sobre sus rodillas.
— Está bien, — suspiró el anciano. — Tal vez me pasé. Es un buen perro, el tuyo. Es solo que vivo solo, y si no gruño, nadie me escucha.
Tom asintió. Sin reproches, sin enojo.
Desde entonces, aparcó más lejos, y por las mañanas llevaba al señor Hughes un café y un bollo.
Ben corría entre los dos, limpio, feliz, con un nuevo collar multicolor —
el mismo que un día le había regalado el viejo.

