La lluvia de primavera caía suave, como si tuviera compasión de la ciudad.
Las gotas resbalaban por los cristales de la estación, la gente se apresuraba abrazando sus bolsos — cada uno en su propio mundo, en su prisa, en sus pensamientos.
En el andén más lejano, donde el tren se detenía solo una vez al día, yacía una mujer.
Embarazada.
Con un abrigo viejo, el dobladillo roto y unas zapatillas sucias.
Bajo la espalda — un trozo de cartón. Bajo la cabeza — una bolsa.
A su lado, una botella de plástico con agua y un pañuelo con el que intentaba cubrirse el vientre del viento.
Se llamaba Nora, pero nadie lo sabía.
Todos pasaban de largo.
Algunos apartaban la mirada, otros aceleraban el paso.
No pedía dinero. Solo susurraba para sí:
— Tranquilo, pequeño… todo está bien… un poco más…
El tren se acercaba — largo, retumbante, con la lluvia golpeando el metal.
En la cabina, el maquinista Peter se inclinó hacia el cristal. Vio una silueta.
Una mujer inmóvil, sentada en el cemento mojado, con las manos sobre el vientre.
Frenó de golpe y saltó del tren.
— ¡Eh! — gritó mientras corría. — ¿Se encuentra bien?
Nora levantó la mirada.
Sus ojos estaban cansados, enrojecidos, pero aún había vida en ellos.
— Estoy bien… solo un poco cansada, — dijo, intentando sonreír.
Peter se quitó los guantes, se agachó a su lado.
No sabía qué decir.
Solo la miró — el cabello mojado, las manos temblorosas, el vientre estremecido por el frío.
Luego regresó al tren.
Un minuto después volvió — con un termo y una taza.
Sirvió té caliente; el vapor se mezcló con el olor a lluvia.
— Beba, — dijo suavemente.
Ella tomó la taza con ambas manos, lo miró largo rato.
— Pensé que usted también pasaría de largo, — susurró.
Peter asintió, se quitó la chaqueta y la colocó sobre sus hombros.
Unos minutos después, salieron los demás — toda la tripulación.
Maquinistas, encargados, revisores.
Uno trajo una manta, otro ropa seca, alguien pan y una banana, otro un botiquín.
Los pasajeros, desde las ventanas, observaban en silencio cómo siete personas bajo la lluvia cubrían a una mujer sin hogar — que por primera vez en mucho tiempo ya no temblaba.
Uno le tendió la mano:
— Venga adentro, allí hay calor.
Ella lloró. No fuerte — solo en silencio.
Las lágrimas se mezclaban con la lluvia, y el té aún humeaba entre sus dedos.
Al día siguiente la llevaron a un refugio.
Peter la visitaba cada semana.
Y cuando, un mes después, Nora dio a luz a un niño, lo llamó Lucas — por la estación donde, por primera vez, alguien se había detenido por ella.

