Oyó risas procedentes del monitor para bebés, pero su bebé estaba profundamente dormido

Era poco después de medianoche cuando Emily se movió en la cama. Al principio, pensó que era parte de un sueño: un sonido débil, como voces lejanas. Entonces se dio cuenta de que era real. El suave crujido del monitor para bebés en su mesita de noche había cobrado vida.
Se incorporó, con el corazón latiéndole con fuerza. Del altavoz salían risas. No eran risitas de bebé, ese sonido dulce que ella conocía tan bien, sino risas agudas y estridentes que no pertenecían en absoluto a su hijo.

Emily se quedó paralizada, con la mirada fija en la luz verde brillante del monitor. Lentamente, subió el volumen. El sonido se hizo más claro. Ya no eran solo risas, sino susurros, bajos y rápidos, palabras que no lograba entender.

Lo primero que pensó fue que se trataba de una interferencia. Quizás el dispositivo había captado la señal de un vecino o de una radio que pasaba por allí. Pero entonces llegó el sonido que le heló la sangre: el suave crujido de la cuna.

Emily saltó de la cama y corrió por el pasillo hacia la habitación de su bebé. Abrió la puerta de un empujón y se le cortó la respiración.
La habitación estaba en silencio.

Su bebé dormía profundamente, tranquilo, con su pequeño pecho subiendo y bajando rítmicamente. La cuna estaba quieta, el móvil que había encima se balanceaba suavemente por la corriente de aire que había provocado al entrar. Todo parecía normal, demasiado normal.
Pero cuando miró la pantalla del monitor que tenía en la mano, se quedó paralizada de nuevo.

La cámara seguía mostrando la cuna, pero allí, en la esquina de la imagen, había algo más. Una sombra. Débil, casi borrosa, pero con la forma de alguien agachado justo fuera del encuadre.

A Emily le temblaban las manos mientras bajaba el monitor y miraba fijamente la esquina vacía de la habitación. No había nada. Volvió a mirar la pantalla: la sombra seguía allí.

Respiraba entrecortadamente mientras cogía a su bebé y lo apretaba con fuerza contra su pecho. Salió corriendo de la habitación y cerró la puerta de un portazo.

Durante el resto de la noche, se quedó despierta en el salón, con todas las luces encendidas, el monitor apagado y metido en un cajón.
Hasta el día de hoy, se niega a volver a utilizarlo. Porque sea lo que sea lo que oyó aquella noche, y sea lo que sea lo que vio en la pantalla, sabe que no fue una interferencia. Era otra cosa. Y había estado en la habitación de su hijo.

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