Megan siempre había sido cautelosa. Vivir sola en un pequeño apartamento le había enseñado a comprobar dos veces las cerraduras, evitar volver a casa demasiado tarde y no confiar nunca en los desconocidos.
Pero aquella tarde lluviosa, cuando vio a un hombre sentado en la acera frente a su edificio, empapado, temblando y sin paraguas, algo en su corazón se ablandó.
«¿Estás bien?», le preguntó.
Él levantó la vista, con los ojos cansados pero amables. «He perdido el último autobús. No tengo adónde ir esta noche».
Megan dudó. Todos sus instintos le gritaban que se marchara. Pero entonces recordó las palabras de su padre: «La bondad siempre te recompensa».
Así que hizo algo que nunca había hecho antes. Lo dejó entrar.
Una vez dentro, él se mostró educado. Agradecido. Se sentó en silencio en el sofá y se secó con una toalla que ella le dio.
Hablaron. Él dijo que se llamaba Daniel. Acababa de mudarse a la ciudad. Aún no había empezado a trabajar. No tenía familia cerca. Parecía solo, casi destrozado.
A medianoche, Megan le ofreció una manta y le dejó dormir en el sofá.
«Gracias», susurró él. «No sabes lo que esto significa para mí».
Cuando finalmente se fue a la cama, se dijo a sí misma que había hecho lo correcto. La gente se merecía amabilidad.
A la mañana siguiente, se despertó en una sala de estar vacía. La manta estaba cuidadosamente doblada. El desconocido se había ido.
Se sintió aliviada. Quizás realmente había sido solo un acto de amabilidad. Quizás podía sentirse orgullosa.
Entonces vio el papel doblado sobre la mesa de la cocina.
Su nombre estaba escrito en la parte delantera.
Con las manos temblorosas, Megan lo abrió.
Dentro, con una letra cuidada, estaban escritas las siguientes palabras:
«Gracias por confiar en mí. Quería ver si lo harías. Volveré cuando menos te lo esperes».
Se le hizo un nudo en el estómago.
Más tarde ese mismo día, encendió las noticias.
Se le heló la sangre cuando el presentador dijo: «La policía busca a Daniel Carter, un fugitivo buscado en relación con múltiples allanamientos de morada».
La pantalla mostró su foto. El mismo hombre al que había dejado entrar en su casa.
Y en el reflejo de la pantalla oscura de su televisor, Megan creyó ver un movimiento detrás de ella.

