El perro no reaccionaba como siempre.
No ladraba.
No marcaba.
Solo miraba.
Fijo.
Como si no hubiera pasado el tiempo.
El oficial tiró de la correa otra vez.
—Vamos.
Pero esta vez… ya no estaba tan seguro.
Porque el animal no dudaba.
Y eso no era normal.
El hombre levantó la mano.
Despacio.
Como si tuviera miedo de equivocarse.
—No puede ser…
Su voz temblaba.
El perro dio un paso.
Y luego otro.
Hasta quedar frente a él.
Sin agresividad.
Solo… presente.
El hombre apoyó la mano.
Suavemente.
Sobre su cabeza.
El perro no se movió.
No necesitaba hacerlo.
Porque en ese momento…
ya no era trabajo.
Era recuerdo.
—Yo te tuve… —susurró.
El oficial dejó de tirar de la correa.
Porque lo entendió.
Antes que nadie.
Que aquello…
no era una coincidencia.
