Un dato interesante que hoy en día no todo el mundo conoce: en las antiguas camas metálicas, la malla casi nunca se tensaba a lo largo de toda la superficie del somier. En uno de los extremos siempre quedaba un espacio vacío, lo que a muchos les parecía un defecto o un extraño ahorro de material.
Pero, en realidad, se trataba de una decisión meditada, y no de una casualidad.

Los diseñadores dejaban este espacio libre a propósito para facilitar el trabajo con la malla metálica. Se fijaba con resortes o ganchos, y cuando era necesario tensarla, sustituir las fijaciones antiguas o renovar completamente la malla, todo se hacía precisamente a través de este espacio libre. Gracias a este dispositivo, la reparación solo llevaba unos minutos.
Además, en muchos modelos, esta zona se utilizaba para ajustar la tensión. Si la malla comenzaba a combarse, se podía tensar ligeramente o, por el contrario, aflojar, hasta conseguir la rigidez deseada.

En algunas familias, incluso se insertaba una tabla de madera en este hueco para hacer la superficie más firme, especialmente si la cama era utilizada por personas mayores o por invitados.
Así que el espacio vacío no era en absoluto un «defecto». Al contrario, era parte de un diseño funcional y práctico. Gracias a esta solución sencilla pero bien pensada, las camas metálicas duraban décadas y se podían reparar fácilmente en casa, sin necesidad de herramientas especiales.
