Siempre me ha gustado el cristal. Para mí, es como una pequeña celebración en un día cualquiera: brilla con la luz, suena delicada y bellamente con solo tocarlo. Pero con el tiempo me di cuenta de que el cristal es «delicado»: basta un descuido para que se enturbie o se cubra de marcas de agua. Después de probar diferentes métodos de cuidado, me decidí por tres que nunca me fallan.

1. Solo lo lavo a mano y con agua fría
Nada de lavavajillas: el agua caliente le quita rápidamente la transparencia y, a veces, incluso provoca grietas. Solo lavo el cristal a mano, con agua fría o ligeramente tibia, añadiendo una gota de detergente suave. Y siempre utilizo una esponja suave, sin frotar con fuerza, ya que el cristal requiere un trato delicado.
2. Mi secreto para que brille: el vinagre
Después de lavar, enjuago la vajilla con una solución de vinagre diluido:
1 litro de agua + 1 cucharada de vinagre.
Elimina al instante los restos de agua y devuelve esa transparencia cristalina. El cristal literalmente «canta» de limpieza.
3. Solo lo seco sobre un paño de lino, lejos del sol
Antes ponía el cristal a secar sobre la calefacción o lo dejaba en el alféizar de la ventana, y eso era un error. Los cambios bruscos de temperatura provocan microfisuras. Ahora simplemente coloco los objetos sobre un paño de lino y los dejo secar al aire. Después los pulido ligeramente con un paño sin pelusa.

Estos pequeños hábitos hacen maravillas: el cristal vuelve a brillar como en el aparador de mi abuela. Y cada vez que sirvo vino en una copa o pongo un jarrón en la mesa, me parece que una parte de la fiesta vuelve a casa.
