La sala estaba abarrotada. Los padres lo grababan todo con sus teléfonos, algunos sostenían ramos de flores, otros susurraban a sus hijos «no te olvides de saludar». Olga estaba sentada en la tercera fila y apretaba entre sus manos un pequeño ramo de margaritas para su hija, Lisa. Era el primer concierto escolar en el que la niña iba a cantar como solista.
Cuando Lisa salió al escenario, la luz la iluminó con un suave haz amarillo. Vestido blanco, trenzas, labios ligeramente temblorosos. La música comenzó a sonar: una conocida canción infantil que Olga había escuchado decenas de veces en casa. Sonrió mientras grababa el vídeo.
Pero al cabo de un minuto, la niña dejó de cantar de repente. El pianista se desconcertó, la sala se quedó en silencio. Lisa levantó la vista, como si estuviera pensando en algo, y luego empezó a cantar otra canción. No era la que estaba en el programa.
Era una vieja canción de cuna. La misma que Olga le cantaba cuando era pequeña. La melodía era sencilla, la letra solo la conocían ellas dos.
A Olga le temblaban las manos. Sintió un nudo en la garganta. La niña estaba de pie bajo la luz del escenario y cantaba mirándola directamente a los ojos.
«No tengas miedo, mamá, estoy aquí…».

Todo estaba en silencio. Los profesores se miraban entre sí, el pianista intentaba encontrar los acordes, pero la niña cantaba sin música, con seguridad, con sinceridad, como si lo hiciera desde el corazón.
Cuando terminó la canción, la sala estalló en aplausos. Lisa se inclinó avergonzada y salió corriendo entre bastidores.
Más tarde, la profesora dijo que esa canción no estaba ni en la lista ni en el repertorio. Nadie sabía de dónde la había sacado.
Olga simplemente sonrió, secándose las lágrimas, y susurró:
—Es nuestra canción.
