El mediodía era claro y dorado.
El río brillaba como un espejo en el que se reflejaban el cielo y el vestido blanco que caminaba lentamente por el viejo puente.
El pueblo se había volcado a la orilla: todos querían ver cómo caminaban juntos, cogidos de la mano.
El novio caminaba un poco por delante, guiando con cuidado a la novia.
Tenía miedo de mirar hacia abajo: las tablas bajo sus pies crujían,
pero la risa de ella disipaba la inquietud como un rayo de sol a través de la niebla.
Los niños lanzaban pétalos, los ancianos saludaban con la cabeza desde la orilla,
el acordeonista, de pie junto a la verja, tocaba en voz baja una melodía conocida por todos.
El aire estaba impregnado del aroma de las lilas y de algo festivo, casi frágil.
El puente temblaba.
Al principio ligeramente, como si el viento soplara sobre el agua.
Y luego, sordamente, como un corazón que ha dejado de latir.
La gente se quedó paralizada.
En algún lugar, una mujer gritó.
El sonido de un crujido rasgó el aire y, en ese mismo instante, todo empezó a girar: el velo, las flores, las tablas, las manos.

El río se los llevó en un instante.
El vestido blanco brilló en el agua como una nube y desapareció.
Y en la orilla solo quedó el silencio, denso como el humo después de un incendio.
Él salió a flote primero.
Le agarró la mano, pero la corriente era más fuerte.
Su grito resonó durante mucho tiempo en los juncos de la orilla, hasta que se convirtió en un simple eco.
Esa noche, una luz brillaba sobre el río.
Alguien dijo: «Ha vuelto». Se sentó en los restos del puente y encendió una lámpara.
Permaneció sentado durante mucho tiempo, mirando el agua, como si esperara que su silueta emergiera de las profundidades.
A los pocos días, el agua se llevó las últimas tablas.
Pero cada otoño, cuando la niebla cubre el río,
la gente dice que ve a una novia vestida de blanco caminando por un puente invisible,
y junto a ella, un hombre que la sostiene de la mano.
Caminan lentamente, como si el tiempo aún esperara
a que ese cruce finalmente terminara.
