Llovía a cántaros. El golpeteo de las gotas sobre el tejado se mezclaba con sus gritos. Alex estaba de pie en la puerta, con el rostro enrojecido por la ira y los dedos apretados en un puño.
—¡Se acabó, Lena! ¡Vete! ¡Estoy harto de escuchar tus quejas, de tus lloriqueos constantes!
Ella estaba de pie en el umbral, abrazando a su hijo. Llevaba un abrigo fino, tenía el pelo mojado y la mirada perdida.
—Alex, por favor… es solo un niño —dijo en voz baja—. Tiene frío…
—¡Me da igual! —respondió él secamente—. Si quieres, vete con tus padres, si no, quédate bajo la lluvia. Pero que no os vea por aquí, ¿entendido?
Él cerró la puerta de un portazo, dejándolos bajo la lluvia. El largo eco de los pasos en la casa se apagó, y ellos se quedaron allí, fuera de la ventana: la mujer con el niño y la maleta, que ya estaba empapada. El niño lloraba, Lena le acariciaba la cabeza y le susurraba:
—Todo irá bien, pequeño. Lo superaremos.
Pasaron la noche en casa de una vecina y luego en casa de una amiga. Al día siguiente, Lena se fue a la ciudad a buscar alojamiento y un trabajo extra. Una foto suya, tomada por un transeúnte, apareció en el muro de un grupo local: una joven madre bajo la lluvia, con un niño en brazos, caminando por la carretera hacia la estación de autobuses. Debajo de la foto se leía: «A veces, la fuerza de una mujer no está en quedarse, sino en marcharse».
La publicación obtuvo miles de compartidos. La gente buscaba a la mujer de la foto, le ofrecía ayuda, alojamiento, comida. Alguien la reconoció como Lena.
Al día siguiente, Alex se despertó con las llamadas. El teléfono no paraba de sonar: amigos, compañeros de trabajo, conocidos. Todos le preguntaban:
«¿Es tu mujer la de la foto?».
Abrió el enlace. En la pantalla aparecía Lena con el niño. Mojada, con los labios apretados, pero sin rendirse. Detrás, un aguacero; delante, una carretera desierta. Debajo de la foto había cientos de comentarios: «Tan frágil, pero tan fuerte…», «Que ahora vea lo que ha perdido».
Alex no podía apartar la mirada. De repente, todos sus gritos, su irritación y su ira le parecieron insignificantes. Recordó cómo ella se quedaba callada cuando él levantaba la voz. Cómo acostaba a su hijo sin responder a sus insultos. Cómo intentaba salvar lo que él destruía.
Cerró el portátil, pero la imagen no se le iba de la cabeza. La que siempre había estado a su lado, ahora estaba sola, pero más fuerte que nunca.
Al día siguiente fue a casa de su amiga, con la esperanza de hablar con ella. Pero no le abrieron la puerta. Solo la vecina le dijo:
—Demasiado tarde, chico. Se ha ido. Y, por lo que parece, para siempre.
Alex se quedó bajo la misma lluvia bajo la que la había echado. Y, por primera vez en mucho tiempo, sintió cómo el frío no le penetraba en la piel, sino directamente en el corazón.

