«¿Puede darse prisa?», gritó la cajera, sin saber que la anciana estaba contando las monedas de un sobre con una inscripción que luego le impediría conciliar el sueño

La tienda estaba casi vacía. Era de noche, la luz de las lámparas era tenue, olía a pan barato y chaquetas húmedas. Detrás de la caja registradora había una joven dependienta, cansada, irritada, lista para cerrar. Una anciana se acercó a la cola, con un abrigo descolorido, las manos temblorosas y una bolsa en la que tintineaban las monedas.

—Chica, no hace falta la bolsa, yo misma la llevaré —dijo en voz baja, colocando sobre el mostrador una barra de pan, leche y un pequeño trozo de mantequilla.

La dependienta la miró y puso los ojos en blanco.
—¿Tan difícil le resulta contar el cambio? ¡Esto no es un banco! ¡Más rápido, por favor, tengo cola!

La anciana se quedó paralizada y empezó a sacar apresuradamente las monedas de su bolso, confundiendo las de diez y las de cinco kopeks. Las monedas rodaban por el mostrador y una cayó al suelo. En la cola, alguien sonrió y otro suspiró con descontento.

—Por Dios —exclamó la dependienta—, ¡cuánto tiempo! ¡Ha traído el bolso lleno y no puede pagar!

La anciana guardó silencio. Solo dijo en voz baja:
—Lo siento… es que… no quería llevarlo todo en la mano.

Cuando por fin le entregó el cambio, la dependienta echó las monedas en la caja con irritación. En ese momento, se cayó de la bolsa de la anciana un sobre viejo y gastado, atado con un cordel. La dependienta lo recogió mecánicamente y leyó la inscripción, descolorida, pero aún legible:

«Para el funeral de mi hijo».

El silencio se apoderó de la sala al instante. La anciana, al notar la mirada de la dependienta, intentó coger el sobre.
— No lo toque, por favor. Es que… no tuve tiempo… Todo se quedó allí, ese año.

La voz se le quebró. Cogió las compras, las guardó cuidadosamente en la bolsa y se marchó, arrastrando los pies por el suelo de baldosas.

La dependienta se quedó inmóvil. El ruido de la tienda se apagó. Una moneda que había caído debajo del mostrador brilló bajo la tenue luz. La joven miró la puerta por la que había desaparecido la anciana y, por primera vez en mucho tiempo, no supo qué decir.

Esa noche cerró la tienda más tarde de lo habitual. En la caja registradora había una nota:

«Volveré. No por el dinero. Por el perdón».

interesteo