Un granjero saltó al río para salvar a su perro de un cocodrilo

El sol ardía como si quisiera quemar todo lo vivo. El río brillaba deslumbrantemente, cálido, turbio, falsamente tranquilo.
El aire temblaba, las cigarras cantaban entre los juncos. El granjero estaba de pie en la orilla y observaba cómo su perro Rex jugaba en el agua. Era su ritual, todas las mañanas, sin excepción.

Lanzó un palo. Rex, sin pensarlo dos veces, saltó, dejando tras de sí un arco de salpicaduras. El granjero sonrió. Era un perro viejo, pero su corazón seguía siendo el mismo: fiel, apasionado, vivo.

Hasta que todo se calmó.

Al principio pensó que el perro estaba cansado. Pero el silencio era extraño. No era tranquilidad, era expectación.

Se tensó. Rex estaba inmóvil, con el agua hasta el pecho, mirando hacia el fondo. Y detrás de él, un ligero oleaje, demasiado uniforme, demasiado dirigido.

El granjero se adentró en el río. El agua tibia le rodeaba los pies, el limo pegajoso se le adhería a las plantas. Olía a podredumbre y a fango. —¡Rex! —gritó.

El perro giró la cabeza, con los ojos asustados. En ese mismo instante, el agua detrás de él estalló en una salpicadura. Solo alcanzó a ver una sombra, larga, maciza, deslizándose, como si el río mismo hubiera cobrado vida.

Saltó.

El frío le golpeó el pecho. Se sumergió y todo desapareció: el sonido, la luz, la respiración. Bajo el agua, una niebla verde, arena, burbujas centelleantes. Vio a Rex: el perro se debatía con las patas, se ahogaba, con los ojos llenos de pánico.

Se estiró y lo agarró por el pelaje. Pero sintió que alguien tiraba en la otra dirección. Con fuerza, de forma inevitable. El agua hervía, la corriente giraba, un zumbido le golpeaba los oídos.
Se giró y vio la boca. Enorme, de color gris pálido, con dientes como clavos. Los ojos, dos manchas amarillas, vacías como la muerte misma. El cocodrilo se movía sin hacer ruido, pero cada ola, cada sacudida, le provocaba dolor en el cuerpo.

Gritó bajo el agua, sin sonido, desesperado. Y tiró con todas sus fuerzas. Los músculos le ardían, los pulmones le gritaban, pero no soltó al perro.

La corriente los arrastraba hacia abajo. Dio una patada, contra algo denso, duro, vivo. El cocodrilo lo soltó. Por un instante.

Aprovechó esa oportunidad. Empujó hacia arriba y salieron a la superficie.

El aire golpeó su pecho como una llama. Respiró, tosió, se ahogó. Oyó ladridos, chapoteos, su propio nombre, como si alguien gritara desde lejos, aunque no había nadie alrededor.

Tiró de Rex hacia la orilla, con las manos temblorosas. El perro se le resbalaba entre los dedos, remaba con las patas, ahogándose. Llegaron a la hierba y cayeron sobre la arena caliente.

El cuerpo del granjero temblaba de cansancio.
Yacía en el suelo, sintiendo cómo un jadeo se escapaba de su boca y su pecho palpitaba de dolor.
A su lado, Rex respiraba con dificultad, pero respiraba.
Estaba vivo.

Se dio la vuelta y se tumbó boca arriba. El sol le daba directamente en los ojos y las cigarras volvían a cantar sobre el río. Todo había vuelto a la normalidad. Como si nada hubiera pasado.

Solo el río, tranquilo y perezoso, y en algún lugar del fondo, dos puntos amarillos que parpadeaban en la turbia profundidad, esperando a que él volviera al agua.

interesteo