Un anciano llevaba flores al cementerio todos los días, hasta que un día alguien lo siguió

Durante años, los habitantes del pueblo se habían fijado en él. Cada mañana, justo después del amanecer, un anciano caminaba lentamente por la calle, llevando un pequeño ramo de flores frescas. Sus pasos eran pesados pero firmes, con la mirada fija al frente. Nunca faltaba un día: lloviera, nevara o hiciera un calor abrasador, él siempre estaba allí.

Nunca hablaba mucho con nadie. En el mercado compraba las flores, siempre del mismo tipo, siempre en la misma cantidad. Luego se dirigía en la misma dirección: hacia el cementerio, a las afueras del pueblo.

La curiosidad crecía entre los lugareños. Algunos suponían que visitaba a su difunta esposa, otros susurraban que era por un hijo que había perdido. Pero nadie lo sabía con certeza, y el anciano nunca daba explicaciones.

Una tarde, una joven decidió seguirlo. Lo había visto innumerables veces y ya no podía ignorar las preguntas. Silenciosamente, lo siguió, manteniendo la distancia mientras él recorría el camino familiar con sus flores en la mano.

Llegado a la puerta del cementerio, entró con los hombros encorvados y el paso lento, como si cada paso llevara el peso de los años. La joven se escondió detrás de una hilera de árboles y lo observó mientras se dirigía a la esquina más alejada del cementerio.

Finalmente, se detuvo. Se arrodilló y colocó con cuidado las flores sobre una lápida. Pero cuando la mujer se acercó, su corazón dio un vuelco. La lápida estaba en blanco. Sin nombre, sin fechas, solo una losa gris sin marcar.

El anciano inclinó la cabeza y susurró unas palabras que ella no pudo oír. Su mano se demoró sobre la lápida, como si esta guardara recuerdos que nadie más podía ver. Tras un largo silencio, se levantó, se secó los ojos y se alejó lentamente.

La mujer se acercó sigilosamente, con la curiosidad superando a su miedo. Tocó la lápida ella misma. Estaba fría, era corriente, no había sido tallada con cincel. Y, sin embargo, había flores frescas cubriendo su base, no solo de ese día, sino de semanas, quizá meses antes.

Salió del cementerio conmocionada, incapaz de olvidar lo que había visto. Hasta el día de hoy, nadie sabe de quién era esa tumba, ni por qué el anciano eligió honrar esa lápida sin nombre. Pero cada mañana, él sigue volviendo, llevando sus flores, llevando un secreto que solo él comprende.

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