Fue a visitar a su abuela al asilo, pero la encontró sentada en un lugar donde no debía estar

Se suponía que iba a ser una visita normal de domingo. Anna le había prometido a su abuela que pasaría por la residencia después del trabajo, llevándole sus galletas favoritas y unas flores frescas. Lo había hecho muchas veces antes: los pasillos le resultaban familiares, el personal la saludaba amablemente y su abuela siempre la esperaba en su lugar habitual, junto a la ventana de la sala común.
Pero esta vez, cuando Anna llegó, algo parecía diferente. El pasillo parecía más silencioso de lo habitual, casi demasiado silencioso. Pasó por la sala común y su abuela no estaba allí.

«Quizás esté en su habitación», pensó Anna, equilibrando las flores y las galletas en sus manos. Pero cuando llegó a la habitación, estaba vacía. La cama estaba perfectamente hecha y las cortinas corridas. El pánico se apoderó de ella. Detuvo a una enfermera que pasaba por allí y le preguntó: «¿Dónde está mi abuela? ¿Sabe dónde ha ido?».

La enfermera frunció el ceño. «Debería estar en su habitación. Déjeme comprobarlo».
Juntas buscaron en el comedor, en el jardín exterior, en la sala de actividades. Nada. La preocupación de Anna aumentaba con cada paso que daba. Finalmente, incapaz de sacudirse un extraño instinto, decidió revisar una parte del edificio en la que nunca había entrado antes: el antiguo ala este, que llevaba años cerrada.

Las puertas dobles chirriaron cuando las abrió. El polvo flotaba en la luz del sol que se filtraba a través de las persianas rotas. El aire estaba viciado y olía a desuso. Caminó lentamente por el largo pasillo, con sus pasos resonando. Y entonces, a mitad de camino, se detuvo.
Allí, en un salón abandonado lleno de muebles rotos y papel pintado descascarillado, estaba sentada su abuela. Sola.

La anciana vestía su habitual chaqueta de punto y llevaba el pelo cuidadosamente recogido, como si hubiera estado esperando allí todo el tiempo. Estaba sentada completamente inmóvil en un sillón desgastado, con las manos cruzadas en el regazo y la mirada perdida.
«¡Abuela!», exclamó Anna, corriendo hacia ella. Pero cuando le tocó el hombro, la anciana no reaccionó. Giró la cabeza lentamente y su mirada se cruzó con la de Anna, y por un momento, no parecía en absoluto su abuela.

«¿Por qué estás aquí?», susurró Anna con voz temblorosa.
La anciana parpadeó, entreabriendo los labios como para hablar, pero las palabras salieron en un susurro bajo y áspero que Anna apenas pudo entender: «Me dijeron que esperara aquí».

A Anna se le heló la sangre.
Se suponía que no había nadie en esa ala. No se había utilizado en años. Y, sin embargo, de alguna manera, su abuela había llegado hasta allí, pasando por puertas cerradas con llave, hasta una habitación olvidada por todos los demás.

Hasta el día de hoy, Anna no puede explicar cómo su abuela terminó en esa parte abandonada de la casa. El personal insiste en que las puertas estaban cerradas con llave y que nadie pudo haberla llevado allí. Pero Anna sabe lo que vio, y nunca olvidará el escalofriante vacío en la voz de su abuela cuando dijo que estaba «esperando».

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