Mia nunca había imaginado que tendría que criar a su hijo sola. Con solo 24 años, trabajaba turnos dobles en una cafetería, volvía a casa a un pequeño apartamento y se desplomaba en la cama, solo para despertarse y empezar de nuevo. La gente veía las ojeras bajo sus ojos, pero no el peso que llevaba dentro: el miedo a no poder pagar el alquiler, la vergüenza de enviar a su hijo al colegio con zapatos de segunda mano, la culpa que la atormentaba por no ser nunca lo suficientemente buena.
Su hijo Leo tenía seis años: era vivaz, curioso y demasiado perspicaz. Una vez le preguntó: «Mamá, ¿por qué no tenemos papá?». A Mia se le hizo un nudo en la garganta. Ella respondió: «Porque tú y yo somos lo suficientemente fuertes por nuestra cuenta». Pero por la noche lloraba en su almohada.
Lo más difícil no era el agotamiento. Era la soledad.
Una noche, después de un agotador turno en el trabajo, Mia subió con dificultad las escaleras hasta su apartamento, equilibrando las compras y la mano de Leo en la suya. Delante de su puerta, notó algo extraño: un pequeño sobre escondido debajo del felpudo.
Dentro había un trozo de papel doblado. Cuatro palabras, escritas con una letra desordenada:
«Ya no estás sola».
Se le hizo un nudo en el estómago.
Miró a su alrededor en el pasillo. Estaba vacío. No se oía ningún ruido, salvo el zumbido de la bombilla parpadeante que había sobre su cabeza. Quería descartarlo como una broma estúpida, pero al día siguiente apareció otra nota.
«Él te está protegiendo».
A Mia se le heló la sangre.
Aterrorizada, acudió a la policía. Se encogieron de hombros. «Podría ser un vecino. Podría no ser nada. Avísenos si la situación empeora».
Pero para Mia, ya había empeorado. Cada crujido del edificio la hacía sobresaltar. Cada mirada de un desconocido la hacía agarrar con más fuerza la mano de Leo. Cerraba la puerta con doble llave, dejaba la televisión encendida por la noche y dormía con un bate de béisbol junto a la cama.
Y entonces llegó la llamada.
Era casi medianoche. El teléfono sonó una, dos, tres veces. Mia contestó con manos temblorosas.
«¿Hola?».
Silencio. Luego, una voz masculina grave y ronca:
«Tú no me conoces. Pero yo te conozco a ti. Y conozco a tu hijo».
El corazón de Mia latía con fuerza en su pecho. «¿Quién eres? ¿Qué quieres?».
«Quiero que estés a salvo», dijo el hombre. «Revisa la mochila de Leo».
La línea se cortó.
Mia dejó caer el teléfono, con las manos temblorosas. Corrió a la habitación de su hijo, abrió suavemente su mochila y se quedó paralizada. Dentro había otra nota, doblada en cuatro.
Decía:
«Mira debajo del suelo, cerca de tu cama».
Todos sus instintos le decían que no lo hiciera. Pero tenía que saberlo. Con el corazón latiéndole con fuerza, levantó la tabla suelta del suelo de su dormitorio. Debajo había una pequeña caja.
Dentro había fotografías: de ella, de Leo, de su apartamento. Fotos tomadas desde fuera de la ventana. Desde la calle. Desde ángulos que le ponían los pelos de punta.
Y debajo de la pila de fotos, una última nota:
«No se ha ido. Está más cerca de lo que crees».
Mia contuvo la respiración. Le temblaban las rodillas.
Porque la letra, esa escritura desordenada que había estado viendo durante días, era inconfundible.
Era su ex. El hombre que creía haber dejado atrás para siempre.
El hombre que había jurado que nunca la dejaría marchar.

